Final

Objetivamente parece una pista forestal como otra cualquiera. Simplemente es un carril de sabre ocre de unos tres metros de ancho, con abundante gravilla suelta, y alguna que otra laja salpicando su trazado de curvas suaves y ligera pendiente, pero perfectamente transitable, incluso con un utilitario si es conducido con cierta precaución y destreza. Está flanqueada por el típico bosque de la zona en el que, sobre un espeso manto de helechos, conviven rentables eucaliptos con algunos guetos de pinos y con algún que otro viejo roble —carballo le llaman por aquí–. Entre ellos se adivinan en ocasiones, sobre todo si el observador tiene experiencia, conejos, jabalís e incluso algún zorro. Sirviendo de frontera entre ambos mundos, la franja civilizada y la sábana salvaje, discurren sendos taludes coronados por matas de la maleza autóctona: tojos y silvas. Lo único que tiene de original es su origen y su destino.

Comienza junto a un parque en el que hay un pequeño estanque. Sus inquilinos no se amedrentan con el ruido de la tirolina ni con el jaleo de los críos que se desfogan allí cada tarde. En parte por convivencia, pues patos y niños pueden vivir juntos respetando unas pocas reglas básicas, en parte por conveniencia, porque las sobras del pan de casa, y algún que otro trozo de merienda, son su principal fuente de alimento.

Acaba en donde acaba todo: en el mar. Aunque ya se advierte en las últimas curvas por el sonido de las olas y el olor a salitre, es al final, cuando sólo queda un giro a derecha, cuando el bosque se abre y aparecen dos playas de arena clara separadas por un conjunto de rocas en las que el camino muere.

Y donde también él quería morir. Porque los lugares son depósitos de vivencias, de sentimientos y de significados. Y allí estaban muchos de los suyos, buenos y malos. En tantas décadas lo había recorrido incontables veces: con su abuelo y con su padre; con sus amigos de la infancia y con ligues de juventud; con su novia, más tarde su mujer; con sus hijos y nietos; con su soledad. Era el lugar perfecto para finalizar, para dejar de andar. Para siempre.


Redactado para la convocatoria de octubre (camino), de Divagacionistas.

Anaeróbico

Respira, respira. Concéntrate en la técnica. Recuerda que los movimientos deben ser rápidos y potentes, pero fluidos y económicos. Y ojo con la postura corporal: intenta no sobrecargar la espalda, especialmente después de la lesión.

Reserva energías, que el que guarda siempre tiene. Vas bien, mira los datos en el reloj. Tras cada apretón recuperas bien y vuelves rápido a zona tres. La estrategia está saliendo. El resto van igual o peor, mientras tú todavía tienes margen de pulsaciones y vatios en la recámara. De momento, sigue así. No olvides hidratarte y comer, que falta la mitad del recorrido. Un gel, una cápsula de aminoácidos, y un chupito de bebida hipotónica: una combinación milagrosa para mantener los carbohidratos en combustión, para que las fibras musculares estén alerta, y para mantener a raya a los calambres.

Eso es, así, así, tranquilo. Es difícil mantener la calma con esta frecuencia cardiaca, con estos pinchazos en los cuádriceps, y con la tensión psicológica de la propia competición. Pero es posible. Intenta que el coco atienda a lo que tiene que atender, sin permitir que lleguen pensamientos negativos.

Venga, venga. Cada vez estás más cerca del merecido descanso y del masaje recuperador. Más cerca de la familia que, orgullosa, espera en la línea de meta. Y de los aplausos. Piensa que las críticas de los aficionados y de los medios en estos últimos tiempos no tienen razón.

No tienen ni idea de lo que vivimos en casa los últimos meses. Ni tampoco de lo duro que es el día a día de un deportista de élite. Y lo que más me jode es que la mayor parte de los sacan la lengua o el teclado a pasear no es ya que no hayan sentido nunca la quemazón del lactato en las patas… ¡es que no han hecho nada relevante en su puta vida!

¡No, no te enrolles con esto ahora! Pero es que esto sí que me revienta, y no las series entrenando. ¡Qué fácil es todo desde el sofá o la mesa de la redacción! Dan ganas de mandarlos a tomar por culo, y llega un momento que te planteas si vale la pena tanto sacrificio y tantas renuncias.

Respira hondo, que te está empezando un punto en el vientre. No sé si deberías parar en el próximo avituallamiento.


Redactado para la convocatoria de septiembre (umbral), de Divagacionistas.

Satán

Supongo que todos nos iniciamos de una forma similar.

Escuchamos distintas variedades de música heavy, hasta que llegamos al black metal. No hace falta poner los discos al revés, ni buscar mensajes ocultos, ni ninguna chorrada de esas que de vez en cuando salen en la prensa: la mayor parte de grupos y de letras van de cara, no engañan a nadie. Sólo hay que echar un vistazo a las portadas de los discos. Las alusiones al Demonio, Lucifer o Luzbel, Mefistófeles, Leviatán, Baal, Baphomet, Belcebú, y otras formas de referirse al diablo, son constantes. O escuchar las letras de los principales hits. Los relatos de misas negras, de quemas de iglesias, y de orgullosas blasfemias de mayor o menor calado, son la temática principal.

El caso es que con esa afición musical nos vamos empapando de mensajes oscuros y tétricos y, medio en broma medio en serio, empezamos a identificarnos con el espíritu y la iconografía satánica. Algunos, especialmente los que ya teníamos algunas inquietudes esotéricas o alguna cuenta pendiente con el catolicismo, vamos profundizando algo más en el mensaje, hasta que llegamos a los textos de Anton Szandor LaVey y a la Iglesia de Satán.

Y un día nos invitan a participar en un ritual de invocación. Nos cuentan que es una simple parodia del misal cristiano. Aceptamos. Y estamos vendidos.

Yo estoy descubriendo demasiado tarde la magnitud de mi equivocación. ¿Cómo no me di cuenta de que este mundo de maldad y ocultismo está lleno de trampas?

Pensaba que yo sería uno de los afortunados que podría disfrutar del osculum infame, expresar así mi devoción y sumisión al Maligno, y participar en la consiguiente orgía de sodomía y dolor. Pero no era ese el papel que me habían reservado.

Y ahora, en los pocos minutos que me quedan de vida, no sé cómo librarme de las correas que me atan a este altar en el centro del pentáculo, bajo la atenta mirada del Macho Cabrío. Sólo quiero escapar de aquí, y poder denunciar esta barbarie.

Rezaré a nuestro señor Jesucristo para ver si puede obrar el milagro.


Redactado para la convocatoria de julio (negro), de Divagacionistas.