Marcas

La primera vez fue dolor lo que sintió, básicamente dolor —no se le podía llamar de otra forma—. Pero también interés.

Aunque de forma automática la reacción de su cerebro fue de evitación y rechazo, unos segundos después de que, con tanta facilidad, entrase en su carne aquel filamento de cable metálico deshilachado, observando la pequeña y brillante gota de sangre que brotaba de la yema de su dedo, pensó en que nunca había sentido nada parecido en el interior de su cuerpo.

Sabía lo que era el contacto físico, el normal, el del día a día: sentir en nosotros mismos el tacto de las personas y los objetos que nos rodean en la vida cotidiana, la presencia de los elementos de la naturaleza… Incluso había vivido ya sus primeros episodios sexuales, esos en los que la sensación que produce el roce de la piel se enriquece con el deseo y los sentimientos. Pero quería explorar más.

Empezó por provocarse cosas que de inicio habían experimentado de forma fortuita: perder la sensibilidad en los miembros por comprimirlos, cortarse levemente con folios… Y poco a poco fue aumentando la lista de estímulos que quería probar. ¡Se le ocurrían tantos, y en tantas partes del cuerpo! Entonces fueron llegando las quemaduras, las pinzas, los pinchos, las cuchillas, e incluso los golpes.

Cuando sus allegados se enteraron, al ver algunas de las cicatrices, pusieron el grito en el cielo y se ofrecieron a ayudarle. No lo necesitaba. Puede que no fuese placer —o de momento era algo pronto para afirmarlo—, pero tampoco veía en ello nada malo. ¿Autolesiones? ¿Problemas mentales? No, un tránsito hacia el auto-descubrimiento, no ya físico y mental, sino vital.

Ahora, pasados los años, con familia, trabajo fijo e hipoteca, y una membresía premium en el club sadomasoquista de su ciudad, se reafirma en que fue el camino correcto. Al menos esas marcas que le deja su vida las lleva por decisión propia. Y eso es más de lo que la mayoría de sus vecinos puede afirmar.


Redactado para la convocatoria de octubre (brotes), de Divagacionistas.

El Subvencionado

Gesticulando ampliamente, intentaba que los conductores advirtiesen que allí había una plaza libre. Luego, cuando empezaba la maniobra, sus movimientos e indicaciones se volvían más breves y pausados, como si no quisiera molestar al resto de transeúntes. Al abrirse la puerta del vehículo, siempre se separaba unos metros, tranquilo, en silencio, sin atosigar. Y nunca pedía propina: tal vez era ese el motivo de obtenerla casi siempre.

En la oficina lo conocíamos como el Gorrilla Funcionario, porque muchos de los empleados de la consejería confiábamos tanto en él, que en ocasiones le dejábamos las llaves del coche para que lo aparcase mejor cuando hubiese sitio en la calle y tiempo en su jornada. Algunos incluso aseguraban, no sin cierta razón, que su trabajo influía mucho en que la administración funcionase bien desde primera hora de la mañana.

Pero hacía ya unos días que no se le veía por la acera, con esa sonrisa que dejaba ver más encía que dentadura, saludando a todo el mundo educadamente. Por eso al mediodía preguntamos por él a otros aparcacoches de menor rango.

–¿Quién, el Subvencionado? –respondió uno de sus compañeros de profesión, entre vaharadas de vino.

El apodo de Funcionario lo conocíamos, pero lo de Subvencionado, ¿a cuento de qué? Tuvimos que apartarnos unos metros para aguantar el olor de la respuesta:

–Porque en los ratos de descanso y cháchara siempre nos contaba que él había sido uno de los tres que en los años ochenta habían atracado a Joaquín Sabina.

–¿Cómo?

–Pues eso, ¿no sabes? Decía que era suya la frase: “subvenciónanos un pico, y no te hagas el valiente, que me pongo muy nervioso, si me enfado” –intentó imitar la melodía, pero con poco éxito–. Una trola como una catedral, pero no le queríamos quitar la ilusión al chaval.

Desde luego, la historia parecía pura fantasía: una de esas mentiras a todas luces que contamos a sabiendas para sentirnos importantes. Pero, ¿quién sabe? Por su conducta y actitud diaria, tranquilamente podría haber sido el protagonista de un pacto entre caballeros.


Redactado para la convocatoria de septiembre (picos), de Divagacionistas.

Sabático

Le explicó sus planes en líneas generales —detalles no podía dar, pues no estaba tan perfilado el asunto—, intentando contagiar la enorme ilusión que sentía. Pero la cara de su mejor amigo reflejaba más bien inquietud:

—Joder, tío, ¿lo has pensado bien? Yo no quiero desanimarte, pero…

—Tranquilo: no es una ida de olla. Gap years lo llaman ¡Lo está haciendo mucha gente!

—Con eso tampoco me dices nada, que hay cada elemento por ahí. A mí me parece de locos, y más con la que está cayendo. Si fueses funcionario y pidieses una excedencia que te permitiese reincorporarte luego, o un hijo de papá que siempre va a tener hueco en la empresa familiar, todavía tendría sentido. Pero no es el caso. Además tú en lo laboral eres ya un afortunado.

El argumento dejaba claro que la principal preocupación de su interlocutor no era dónde iba a dormir, qué iba a comer, si sería capaz de aguantar físicamente tantos kilómetros, o los posibles riesgos de visitar otras culturas o de cruzar zonas de conflicto. No: el supuesto despropósito a sus ojos era que renunciase voluntariamente a la seguridad del contrato indefinido y de la rutina capitalista. Simples espejismos de nuestras sociedades de consumo.

—Mira, lo que no tiene sentido ninguno es pasar media vida subido a un andamio, doblando la bisagra, llueva o castigue Lorenzo sin piedad, y yendo al bar al acabar cada jornada, para fastidiar más el cuerpo y poder demorar el momento de llegar a casa y encender la tele. O pasar 50 horas a la semana a los fogones o detrás de una barra por un sueldo escaso, y sin que te muestren empatía ni el jefe ni la clientela. O incluso disfrutar de una nómina decente y segura, de esas que te permiten hipotecarte a cambio de teclear y poner cuños de 8 a 15. Vender tan barato algo tan irremplazable como nuestro tiempo, instalarse en el sedentarismo, y vivir por inercia: eso sí es de inconscientes. Dar la vuelta al mundo, no.

Su colega quedó en silencio, con un rictus de preocupación más agudizado. Cavilaba sobre si estaría malgastando su vida, y se preguntaba si también él debería comprar una bicicleta y dejarlo todo. Al menos una temporada.


Redactado para la convocatoria de julio (locura), de Divagacionistas.

Desgracias

Debido a la situación hacía meses que no quedaban, así que ya había ganas. No por ponerse al día, que ya lo habían estado haciendo por teléfono e internet, sino simplemente por poder pasear juntos, aunque fuese guardando una cierta distancia social.

—Joder, es que últimamente no levanto cabeza. Todo son desgracias: la avería del coche, la anulación del maratón, el tener que rehacer lo del curre…

—Bueno tío, tranquilidad. Vale que esas cosas no sean agradables, pero tampoco son desdichas: cosas normales del día a día de la vida.

—Sí, ya. ¿Y este puto confinamiento de marras? —el tono de la pregunta desbordaba seguridad, como si fuese imposible rebatirla.

—Pues mira, lo de la pandemia sí que es una catástrofe, eso está claro. Pero tampoco te quejes tanto, que al fin y al cabo ni a ti ni a los tuyos os ha afectado directamente, ni como enfermedad, ni como problema social y económico.

—Para ti es muy fácil decirlo porque todo te va bien. Pero yo estoy por poner un círculo de sal debajo del felpudo para apartar de mí esas vibraciones.

—¡Ostras, hazle un pentáculo y así de paso te protege del Diablo! –la réplica, acompañada de una risotada, fue instantánea–. ¿No me digas que crees en esas paparruchas? ¿Eso te lo ha contado tu amigo Iker o qué?

Visiblemente molesto por la alusión a sus gustos televisivos, el crédulo respondió:

—No vaciles, que no es coña: vi un reportaje muy interesante sobre esos rituales en Año Cero. Y si hasta la prensa escrita lo recoge…

—Ah, potente argumento ese —ironizó sin intentar evitar el retintín en absoluto— . ¿Y no habrá medios escritos en los que lo desmientan, y digan que son solo chorradas?

—Mira, creo que me voy a ir a casa, porque estoy percibiendo una cierta negatividad.

Y, en una especie de despedida a la francesa, se giró bruscamente y echo a caminar en dirección al centro. Su amigo se quedó allí todavía unos minutos, impresionado y preocupado, pensando en si su escepticismo podía haberlo ofendido tanto. De vuelta en su hogar le escribió un mensaje de disculpas. Pero nunca llegó a ver el doble check azul tan habitual aquellas semanas.


Redactado para la convocatoria de mayo (círculos), de Divagacionistas.

Privilegio

Tras entornar la puerta para reducir la posibilidad de miradas indiscretas —porque tampoco pretendía eliminarla de todo, por lo que pudiera surgir—, y antes de empezar a desnudarse, puso una playlist en su teléfono móvil.

Con los acordes iniciales del primer tema, la camiseta ya pendía de sus dedos índice y anular, hasta que, con un giro juguetón de muñeca, la dejó caer al suelo. Y justo cuando la letra se abría paso entre la melodía, un par de expertos movimientos convirtieron el que hasta entonces había sido un ceñido pantalón en una suerte de infinito tridimensional de tela arrugada. Se miró en el espejo: así, solo con la ropa interior y los calcetines, parecía más joven. Sonrió, puede que por ese pensamiento, o tal vez por anticipar el inminente momento de regocijo.

Aunque la habitación estaba caldeada, en ese impasse su piel se erizó, y trató de calmarla frotándose los antebrazos con las manos contrarias. Incluso así, no se apresuró en decidirse, desembarazarse de las prendas que le quedaban, y dar un paso al frente. Tuvo que ser un escalofrío quien le dijese: avanza, ha llegado el momento.

La sensación inicial fue impactante pero agradable, e inmediatamente se convirtió en un goce absoluto. Arqueando la columna e inclinando la cabeza, al tiempo que giraba el cuerpo, procuraba que ni un centímetro de su anatomía quedase sin satisfacción. Luego se quedó inmóvil un par de minutos, con la cabeza baja: simplemente dejando que el chorro le acariciase la nuca y la espalda. Un leve gemido escapó de sus labios: desearía prolongar esa sensación eternamente.

Fue entonces cuando su mente no pudo evitar pensar en que aquello era un privilegio. Algo que, por desgracia, millones de personas en el mundo no podían disfrutar, por pobreza o por escasez de agua —si es que ésta algo distinto a la pobreza es—.

De un manotazo, en contraste con la lentitud que había desplegado hasta entonces, cerró el grifo. Agradeciendo su fortuna por estas, algunos dirán pequeñas, cosas del día a día, adoptó una resolución: las duchas podían ser igualmente gustosas sin necesidad de recrearse.

Se agachó para escurrir un poco el pelo, y echó mano de la toalla. Estaba tan suave.


Redactado para la convocatoria de abril (placeres), de Divagacionistas.