Objetivamente parece una pista forestal como otra cualquiera. Simplemente es un carril de sabre ocre de unos tres metros de ancho, con abundante gravilla suelta, y alguna que otra laja salpicando su trazado de curvas suaves y ligera pendiente, pero perfectamente transitable, incluso con un utilitario si es conducido con cierta precaución y destreza. Está flanqueada por el típico bosque de la zona en el que, sobre un espeso manto de helechos, conviven rentables eucaliptos con algunos guetos de pinos y con algún que otro viejo roble —carballo le llaman por aquí–. Entre ellos se adivinan en ocasiones, sobre todo si el observador tiene experiencia, conejos, jabalís e incluso algún zorro. Sirviendo de frontera entre ambos mundos, la franja civilizada y la sábana salvaje, discurren sendos taludes coronados por matas de la maleza autóctona: tojos y silvas. Lo único que tiene de original es su origen y su destino.
Comienza junto a un parque en el que hay un pequeño estanque. Sus inquilinos no se amedrentan con el ruido de la tirolina ni con el jaleo de los críos que se desfogan allí cada tarde. En parte por convivencia, pues patos y niños pueden vivir juntos respetando unas pocas reglas básicas, en parte por conveniencia, porque las sobras del pan de casa, y algún que otro trozo de merienda, son su principal fuente de alimento.
Acaba en donde acaba todo: en el mar. Aunque ya se advierte en las últimas curvas por el sonido de las olas y el olor a salitre, es al final, cuando sólo queda un giro a derecha, cuando el bosque se abre y aparecen dos playas de arena clara separadas por un conjunto de rocas en las que el camino muere.
Y donde también él quería morir. Porque los lugares son depósitos de vivencias, de sentimientos y de significados. Y allí estaban muchos de los suyos, buenos y malos. En tantas décadas lo había recorrido incontables veces: con su abuelo y con su padre; con sus amigos de la infancia y con ligues de juventud; con su novia, más tarde su mujer; con sus hijos y nietos; con su soledad. Era el lugar perfecto para finalizar, para dejar de andar. Para siempre.
Redactado para la convocatoria de octubre (camino), de Divagacionistas.