Sabático

Le explicó sus planes en líneas generales —detalles no podía dar, pues no estaba tan perfilado el asunto—, intentando contagiar la enorme ilusión que sentía. Pero la cara de su mejor amigo reflejaba más bien inquietud:

—Joder, tío, ¿lo has pensado bien? Yo no quiero desanimarte, pero…

—Tranquilo: no es una ida de olla. Gap years lo llaman ¡Lo está haciendo mucha gente!

—Con eso tampoco me dices nada, que hay cada elemento por ahí. A mí me parece de locos, y más con la que está cayendo. Si fueses funcionario y pidieses una excedencia que te permitiese reincorporarte luego, o un hijo de papá que siempre va a tener hueco en la empresa familiar, todavía tendría sentido. Pero no es el caso. Además tú en lo laboral eres ya un afortunado.

El argumento dejaba claro que la principal preocupación de su interlocutor no era dónde iba a dormir, qué iba a comer, si sería capaz de aguantar físicamente tantos kilómetros, o los posibles riesgos de visitar otras culturas o de cruzar zonas de conflicto. No: el supuesto despropósito a sus ojos era que renunciase voluntariamente a la seguridad del contrato indefinido y de la rutina capitalista. Simples espejismos de nuestras sociedades de consumo.

—Mira, lo que no tiene sentido ninguno es pasar media vida subido a un andamio, doblando la bisagra, llueva o castigue Lorenzo sin piedad, y yendo al bar al acabar cada jornada, para fastidiar más el cuerpo y poder demorar el momento de llegar a casa y encender la tele. O pasar 50 horas a la semana a los fogones o detrás de una barra por un sueldo escaso, y sin que te muestren empatía ni el jefe ni la clientela. O incluso disfrutar de una nómina decente y segura, de esas que te permiten hipotecarte a cambio de teclear y poner cuños de 8 a 15. Vender tan barato algo tan irremplazable como nuestro tiempo, instalarse en el sedentarismo, y vivir por inercia: eso sí es de inconscientes. Dar la vuelta al mundo, no.

Su colega quedó en silencio, con un rictus de preocupación más agudizado. Cavilaba sobre si estaría malgastando su vida, y se preguntaba si también él debería comprar una bicicleta y dejarlo todo. Al menos una temporada.


Redactado para la convocatoria de julio (locura), de Divagacionistas.

Desgracias

Debido a la situación hacía meses que no quedaban, así que ya había ganas. No por ponerse al día, que ya lo habían estado haciendo por teléfono e internet, sino simplemente por poder pasear juntos, aunque fuese guardando una cierta distancia social.

—Joder, es que últimamente no levanto cabeza. Todo son desgracias: la avería del coche, la anulación del maratón, el tener que rehacer lo del curre…

—Bueno tío, tranquilidad. Vale que esas cosas no sean agradables, pero tampoco son desdichas: cosas normales del día a día de la vida.

—Sí, ya. ¿Y este puto confinamiento de marras? —el tono de la pregunta desbordaba seguridad, como si fuese imposible rebatirla.

—Pues mira, lo de la pandemia sí que es una catástrofe, eso está claro. Pero tampoco te quejes tanto, que al fin y al cabo ni a ti ni a los tuyos os ha afectado directamente, ni como enfermedad, ni como problema social y económico.

—Para ti es muy fácil decirlo porque todo te va bien. Pero yo estoy por poner un círculo de sal debajo del felpudo para apartar de mí esas vibraciones.

—¡Ostras, hazle un pentáculo y así de paso te protege del Diablo! –la réplica, acompañada de una risotada, fue instantánea–. ¿No me digas que crees en esas paparruchas? ¿Eso te lo ha contado tu amigo Iker o qué?

Visiblemente molesto por la alusión a sus gustos televisivos, el crédulo respondió:

—No vaciles, que no es coña: vi un reportaje muy interesante sobre esos rituales en Año Cero. Y si hasta la prensa escrita lo recoge…

—Ah, potente argumento ese —ironizó sin intentar evitar el retintín en absoluto— . ¿Y no habrá medios escritos en los que lo desmientan, y digan que son solo chorradas?

—Mira, creo que me voy a ir a casa, porque estoy percibiendo una cierta negatividad.

Y, en una especie de despedida a la francesa, se giró bruscamente y echo a caminar en dirección al centro. Su amigo se quedó allí todavía unos minutos, impresionado y preocupado, pensando en si su escepticismo podía haberlo ofendido tanto. De vuelta en su hogar le escribió un mensaje de disculpas. Pero nunca llegó a ver el doble check azul tan habitual aquellas semanas.


Redactado para la convocatoria de mayo (círculos), de Divagacionistas.