Desconectado

En cuanto lo vio en la fila de cajas del supermercado dejó en medio del pasillo su repleto carro y se acercó a él sonriendo.

—Pero, ¿quién está aquí? ¡Cuánto tiempo! ¿Qué es de tu vida? —dijo mientras le daba una enérgica palmada en la espalda.

—¡Hola, sí que hace tiempo, sí! —devolvió la sonrisa, aunque en parte se sentía algo importunado de que enturbiasen la tranquilidad con la que estaba haciendo cola—. Pues sin mucha novedad, la verdad, más o menos como siempre.

—¡Venga ya, si estás desaparecido! Déjame adivinar: te has casado. ¡No, no, no! Seguro que es algo peor: tienes un crío. O, espera, no me digas que es por algo tan prosaico como que has cambiado de trabajo, o que te han ascendido y ahora estás todo el día al pie del cañón en la oficina.

—Ni eso ni nada parecido. Más o menos llevo el mismo estilo de vida que siempre, y no ha cambiado nada de lo sustancial.

—¡Cualquiera lo diría! Porque no has venido a ninguna de las últimas paellas que hemos organizado, ni a la pachanga que montamos hace un par de meses, ni al viaje al Pink Pop… Además, te has ido de los grupos de WhatsApp, y no se te lee ni un mísero tuit o post en Facebook. —Se puso algo más serio y continuó—: ¡Joder, si algunos hasta llegamos a pensar que te habías enfadado o, peor todavía, que estabas enfermo!

—Si te soy sincero, no tenía ni idea de esas preocupaciones. Tampoco de que habíais montado esos planes; de saberlo a alguno me habría apuntado. Supongo que será porque ahora estoy algo más desconectado. Hace un par de meses decidí cambiar mi anterior smartphone por un móvil más convencional. —Sacó de su bolsillo un pequeño teléfono rojo y blanco de estilo antiguo, con teclado y una pequeña pantalla monocromo—. Estaba algo saturado de ruido y notificaciones, y con éste vivo más tranquilo y concentrado.

Como ya le tocaba poner la compra en la cinta transportadora, se fueron separando unos metros.

—Tío, pues eso se avisa.

—Siento el malentendido. Y además, habrá más ocasiones, ¿no? Si se os ocurre otra cosa chula, avisadme. —Se giró un momento hacia la cajera para indicarle que quería pagar con tarjeta—. Tú llámame.

—Eso está hecho. Te mando un mensaje, ¿ok?


Redactado para la convocatoria de marzo (desaparecer), de Divagacionistas.

Pasó

¿Otra vez? A ver, si insistís…

Nunca la había visto hasta que llegó al instituto para empezar el bachillerato. Como no vivía aquí, lo más probable es que antes de eso ni nos hubiésemos cruzado en la calle. En clase no coincidimos porque ella iba un par de cursos por debajo del mío, pero sí en alguna actividad extraescolar deportiva, donde uno de los monitores nos presentó. La verdad es que mucho no le debí llamar la atención, porque no me hacía mucho caso, más allá de comentarme alguna cosa de las competiciones a las que íbamos a ir. Aunque no lo creáis, yo ahí ya lo sabía.

Un par de años después, a punto de marchar yo a la facultad, empezó a salir con un amigo mío, y entonces hicimos algo de amistad. Tampoco muy profunda, la normal que se establece entre dos colegas que de vez en cuando comparten algún rato de ocio. Nada que pudiese hacer sospechar lo que pasaría más tarde. O, por lo menos, nada que percibiese un joven inmaduro y algo tosco emocionalmente como era yo. Además, tampoco duró mucho esa situación, ya que al poco tiempo nuestros caminos se separaron de verdad: distintas carreras profesionales, en distintas ciudades, a cientos de kilómetros una de la otra, y con distintos estilos de vida y aficiones… Por terceras personas sabíamos que cada uno había ido haciendo su vida, y ni la suya ni la mía parecían ir mal, así que era raro que pudiesen volver a converger. Y, sin embargo, fue entonces cuando lo vi claro.

Pasó casi una década hasta que, en una quedada de varios amigos de juventud que se querían poner al día antes de llegar a la treintena, nos volvimos a ver. Entonces me enteré de que los dos volvíamos al barrio de nuestra adolescencia. Y ya no tuve duda alguna de que, tarde o temprano, pasaría.

Y pasó. Primero unos mensajes, luego varias llamadas y paseos, después algunas cenas, infinitos besos —nunca suficientes—, a veces algún que otro mal trago compartido, un montón de sonrisas cómplices, y, al final… una vida en común. Bueno, y vosotros, claro. El resto ya lo sabéis.

(…)

Y nunca entenderé por qué lo pedís: es la enésima vez que os lo cuento.


Redactado para la convocatoria de febrero (intuición), de Divagacionistas.

Paseando

Algunos lo llamaban, con cierto tono despectivo, el paseo del colesterol, aunque a él le daba igual. Cierto era que muchos iban sólo porque el médico les había recetado caminar, pero también que, fuese cual fuese la razón de unirse al grupo de jubilados andarines, incorporar aquel hábito no tenía nada de malo o vergonzoso, más bien al contrario.

Además, el beneficio para la salud de aquellos minutos gastando zapatilla no se limitaba a poner en marcha el aparato locomotor y a mejorar los parámetros de la analítica. Igual de importante o más era reactivar la vida social, disfrutar de aquella sensación de conexión con los demás y de aquel bonito paseo frente al mar.

Las conversaciones solían ser de lo más variopinto: desde sesudos análisis socio-políticos a bromas con un trasfondo picante, pasando por los relatos más costumbristas de las anécdotas que trae la vejez. Pero cuando llegaban ciertos temas era inevitable que a sus ojos se asomase la amargura, e incluso directamente el dolor. Como cuando comentaban las bajas que se iban produciendo en el equipo: unos porque tenían mal a la parienta o, lo que es peor, a un hijo, y tenían que quedarse en casa; otros porque habían tenido que encamarse; otros porque sus hijos los habían metido en una residencia; y otros, por desgracia, porque habían abandonado este mundo (creyendo que hay otro o no).

Mientras daba uno de sus últimos paseos meditaba sobre estas cuestiones y su futuro, sin resignación ni tristeza. Pensaba que cuando llegase su hora no le temblaría la voz ni sentiría remordimientos. O sí, ¿quién sabe? El miedo y el apego son libres e imprevisibles. Fuese como fuese intentaría afrontarlo con valentía. Había vivido una buena vida y, lo que no es fácil, siendo buena persona. Además, creía que la muerte es parte esencial de la vida, y que la grandeza de ésta no se medía en posesiones sino en el nivel de tranquilidad con el que podías llegar al final del camino. Y él podía podía transitar sereno, tanto hasta el ocaso de aquella playa, como hasta el de su tiempo.


Redactado para la convocatoria de enero (esencia), de Divagacionistas.