Cabezada

—¿Te apetece? —preguntó él mientras jugueteaba con el dedo índice en el trozo de espalda que quedaba a la vista entre las asas del camisón de su mujer.

—Ahora noooo. Quiero descansar —respondió ella al tiempo que, arqueándose y agitando las caderas, se libraba de la mano de su marido.

Tras unos segundos mirando al techo, buscando otra estrategia para lograr siquiera retozar un ratito, rompió la penumbra y el silencio de la habitación con otra pregunta, esta vez con tono lastimero:

—¿Es que no te gusta?

—Esa no es la cuestión: hay cosas que gustan, y mucho, y a veces preferimos dormir… o incluso nos quedamos dormidos haciéndolas.

Con el ego algo dolido por la indirecta, se incorporó levemente apoyando el codo izquierdo en el colchón, e intentó reconvenir a su esposa:

—Eso no tiene sentido. Cuando a uno le gusta algo de verdad, está siempre dispuesto a ello.

Ella se giró para mirarlo a la cara, tiró de su cuerpo hacia arriba hasta quedar sentada, y replicó sin agresividad alguna:

—Pues sí que lo tiene. Por ejemplo, tú siempre dices que te apasiona el ciclismo, cuando hay una carrera importante no paras de hablar de ella, ni permites que nadie toque el mando a distancia a la hora de comer y en la sobremesa; sin embargo cuando te pones a ver el Tour en la televisión, no han empezado a subir el primer puerto y ya estás roncando.

—Pero… eso…

Quiso replicar, esta vez más para justificar la razón de ser de sus siestas, que para intentar despertar la libido en su cónyuge. Pero no encontró un argumento convincente.

—Buenas noches, cielo. Que descanses—se limitó a decir, al tiempo que apagaba las luces del cabecero.

Sin embargo, sería por darle vueltas en la cabeza a esa conversación, o sería por la sobada que había echado por la tarde, él no fue capaz de conciliar el sueño en toda la noche.


Redactado para la convocatoria de junio (dormir), de Divagacionistas.

Pocoyo

Era incómodo, y hacía muchísimo calor allí dentro. Además, entre que apenas se veía el exterior, y que costaba coordinar los movimientos, por momentos se hacía peligroso vestirlos. Y, la verdad, a veces las actuaciones eran un poco vergonzosas. Pero era lo que tocaba para sacarse un dinerillo y poder compatibilizar trabajo y estudios.

Aunque a sus padres no les gustaba aquello. Con lo listo que era y las ideas que tenía, con su buen expediente académico —de las mejores notas de su promoción en el doble grado en Económicas y en Administración y Dirección de Empresas—, siendo como era tan buena persona, no entendían que su hijo se metiese en aquellos exagerados disfraces e hiciese ridículos bailes, saludos y poses. Y por cuatro perras, además. De ahí que insistiesen en que lo dejase, en que buscase un trabajo más digno, más propio de un joven tan prometedor.

Al principio esos reproches familiares hacían mella en él, pero al poco empezó a responder a ellos siempre con la misma afirmación: tengo un plan. Y así debía ser, porque tras unos meses de hacer fiestas infantiles y la BBC (bodas, bautizos y comuniones), donde básicamente tocaba enfundarse personajes Disney y otros dibujos animados televisivos y cinematográficos, pasó a dedicarse más a interpretar a todo tipo de animales y muñecos en eventos empresariales, galas culturales y competiciones deportivas. En un par de años, ya estaba contratando estudiantes para meterse en aquellos pesados trajes de fieltro y espuma, mientras él se centraba en tareas no menos molestas como publicitar sus servicios y crear una cartera de clientes. Luego vino la incorporación al equipo de animadores socioculturales, publicistas y diseñadores, y con ello el salto a los medios de comunicación y la digitalización del producto.

Ahora es el CEO de una empresa de marketing y branding especializada en mascotas corporativas, que factura millones de euros al año, y de la que han salido muchos de los animalillos que vemos a diario en los anuncios de aseguradoras, agencias de viajes, alimentación, etc. Tal vez uno de los secretos de su éxito sea precisamente que antes de tomar una decisión relevante, lanzar una campaña, o estampar su firma en un contrato, siempre recuerda sus inicios. Y es consciente de que, hasta hace poco, él mismo era en parte Pocoyó.


Redactado para la convocatoria de mayo (mascotas), de Divagacionistas.

Adapcapciones

Al día siguiente no vivió nadie.

Las intermitencias de la muerte. José Saramago.

The work is a vampire.

Bullet with Butterfly Wings. Smashing Pumpkins.

Cuando, tras unos sueños intranquilos, Gregor Samsa despertó esa mañana, se encontó convertido en una enorme persona.

La metamorfosis. Franz Kafka.