Derramaremos

El aplauso fue más tímido de lo que esperaba. Estaba claro que no iba a ser una ovación, más típica de los mítines y eventos multitudinarios, que de estas ruedas de prensa en las que solo están los representantes de los medios de comunicación, los altos cargos y algunos personajes del aparato político. Pero tampoco contaba con un simple palmotear de algunos de sus acólitos, mientras incluso miembros del propio partido permanecían inmóviles y con cara de circunstancias. Aun así, el Presidente continuó con tono contundente:

—Tomaremos las armas para defender nuestros ideales y nuestros intereses. Nuestro pueblo no le fallará al Estado, a la Nación, a la Patria…. ¡Derramaremos hasta la última gota de nuestra sangre si es preciso!

Pronunció con especial ímpetu la última frase, al tiempo que un enhiesto dedo índice en su mano derecha apuntaba a las cámaras desplegadas frente al atril, e hizo una de esas pausas dramáticas que los redactores de sus discursos le marcaban en las notas con unos puntos suspensivos entre dos corchetes.

Justo cuando iba a continuar, un periodista —probablemente de un medio afín a la oposición, puesto que la práctica habitual era incomodar solo a los del bando contrario—, lanzó una pregunta simple y descarada, sin esperar siquiera al turno de palabra:

—Presidente, ¿usa la primera persona del plural porque usted también se unirá a las tropas sobre el terreno?

Aquellas palabras, en directo y delante de su audiencia favorita, le sentaron como un verdadero ataque: uno de mayor envergadura que las amenazas de sanción que recibía de los líderes de diversos organismos internacionales.

El Presidente se puso visiblemente nervioso y a punto estuvo de responder con un exabrupto, pero el Ministro de la Guerra —cartera que, curiosamente, había sido creada en aras de mantener la paz—, le hizo un gesto de contención. Bien sabía él, por todos los informes de inteligencia que manejaba, que no había que enfurecer a la masa, que la calle no estaba a favor del despliegue militar ni de que el país, que bastantes problemas tenía ya, se embarcase en un conflicto bélico, fuesen cuales fuesen los supuestos argumentos que pudiese haber detrás.

El gabinete, que, sorprendentemente o no, estaba con el periodista y con la gente, y se percató de que era el principio del fin. Pero, por desgracia, tarde, ¿y a qué precio?


Redactado para la convocatoria de febrero (sangre), de Divagacionistas.

Déjà vu

Me sirvo el desayuno habitual y lo tomo mientras pienso en nada. Cojo el coche y hago, casi en piloto automático, el trayecto hasta el trabajo: los mismos cambios y frenadas, el atasco en el mismo lugar, la misma chica que se maquilla mirándose en el retrovisor parada en el mismo semáforo, la misma duración del trayecto… Al fichar coincide la hora de ayer. En la mesa de al lado Javier intenta cuadrar un balance, pero le falla por unos céntimos. A mí me mandan revisar otro proyecto y hacer otro informe siguiendo el modelo. Cuando termino hago un descanso, y en la cafetería no hay novedad: se repiten las caras y las consumiciones cotidianas —no hace falta decirle al camarero “lo de siempre”, pues ya lo trae sin que abras la boca—. Subo y hasta el mediodía contesto, con las fórmulas y los argumentos usuales, los correos electrónicos que esperan en la bandeja de entrada. Desficho, deshago mis pasos, y conduzco hasta casa: los mismos cambios y frenadas, los mismos autobuses de transporte escolar, la misma falta de aparcamiento en mi calle… Entro en casa y dejo la cartera y las llaves en su sitio, cuelgo la cazadora en su percha, y caliento uno de los tupper-ware que mi madre deja en su visita de los domingos. Con el estómago lleno voy al baño: mi tránsito intestinal tiene una asombrosa regularidad. Me tumbo en el sofá y dormito mientras repiten la enésima temporada de la típica sitcom americana de argumento poco original. Enciendo el ordenador y me conecto a mi red social favorita, en la que todo el mundo publica con asiduidad pero sin contar nada relevante ni noticiable. Y llega la hora de cenar, normalmente un bocadillo y una taza de leche con galletas, para no tener que cocinar. Me aseo, preparo la ropa para mañana (casi igual a la de hoy), y me acuesto.

Justo en ese momento me invade una sensación extraña. ¿Esto ya lo viví? No lo creo. No creo que esto sea vivir.


Redactado para la convocatoria de enero (Déjà vu), de Divagacionistas.

6 minutos

«Volvemos en 6 minutos» [jingle]

—Mamá, ¿me traes algo de comer?

—¿Qué pasa, es que tú no tienes piernas? –respondió la madre repasando a su hijo de arriba a abajo.

—Pero si total tú siempre vas a la cocina en los intermedios, ¿qué más te da?

La respuesta no le sentó muy bien, pero como quería tener la fiesta en paz, y como la pilló ya incorporándose, prefirió ignorar su trasfondo. Aun así hizo otro intento:

—Además, dentro de una hora ya vamos a cenar, ¿no puedes aguantar un rato?

—¡Es que me apetece algo dulce ahora! –el tono y el gesto empleados parecían indicar la existencia de una gran necesidad por parte del emisor y de una obligación para la receptora.

Cruzó el pasillo hacia la cocina. Efectivamente, como todos los días, tenía que vigilar lo que tenía al fuego y en el horno: sabiendo lo tarde que llegaba de la oficina al mediodía, siempre procuraba dejar algo preparado para el almuerzo al tiempo que hacía la cena. Miró que no se quemase nada, probó el contenido de una tartera, y añadió algo de sal. Antes de volver, mientras pensaba en las muchas cosas que a veces se tragan y esconden las madres de familia, cogió de la despensa un tarro de crema de chocolate, unas galletas y un par de rebanadas de pan de molde, y un cuchillo de untar del primer cajón, y los puso en una bandeja.

No la había apoyado todavía en la mesa de la salita cuando el anuncio de una ONG que emitía la televisión en ese momento captó su atención. Las imágenes de aquellos niños desnutridos, probablemente de alguna aldea africana, la impactaron: las barrigas abultadas, la extrema delgadez que producía un efecto visual de hidrocefalia, las prominencias en las articulaciones, especialmente los omóplatos, pero, sobre todo, las costillas que casi se podían ver tras la fina capa de piel.

La voz de su hijo la sacó del ensimismamiento:

—¡Jobá, esta es una mierda de marca blanca! ¿No hay Nocilla de verdad?

[jingle] «Los electrodomésticos Balesch patrocinan este espacio»

Se sentó sin contestarle, fingiendo que le interesaba el programa que regresaba a la caja tonta, pero solo estaba pensando que, por primera vez desde que lo había parido, tenía ganas de darle una bofetada.


Redactado para la convocatoria de octubre (huesos), de Divagacionistas.

Socio

Sentía un poco de vergüenza mientras se dirigía a la sala. Tenía miedo de que alguno de los habituales lo reconociese y preguntase o comentase algo sobre su enésimo periodo de ausencia. Pero se tranquilizó en cuanto cruzó la puerta: todo eran caras nuevas, y los desconocidos no podrían distinguir si se estrenaba o si retomaba.

Intentando aparentar los automatismos de quien realiza los mismos gestos todos los días, apoyó la toalla y el botellín de agua en la consola de la cinta de correr, se subió, y pulsó el botón de inicio. Caminó un par de minutos, para no forzar las articulaciones, pero sobre todo para recordar la sensación del tapiz rodante bajo los pies. Luego fue subiendo progresivamente la velocidad hasta que la pantalla indicaba unos poco fiables 10Km/h. En menos de lo previsto sudaba y jadeaba como si estuviese finalizando un maratón en un día caluroso. La verdad es que no lo recordaba tan cansado, y eso que antes hacía calentamientos de 20 a 30 minutos, rondando a un ritmo bastante más alto.

Detuvo la cinta y se subió a la bicicleta estática. Pensó que en ella, al haber menos impacto, y estar sentado, podría calentar de forma más tranquila. Pero la postura se le hizo extraña, se le cargaban las muñecas al pedalear de pie y, lo peor de todo, le empezó a doler el culo al instante. Eso sí fue un mazazo moral: ¡él que hasta había hecho el curso de monitor de spinning!

Como entre ambos aparatos ya había calentado, o al menos se había puesto colorado, decidió empezar una rutina de fuerza. Una suave, con poco peso y pocas repeticiones, que no es plan de lesionarse justo el primer día que vuelves al gimnasio. La mayor parte de aparatos no recordaba ni cómo se usaban —si es que algún día lo supo—, el contacto con las mancuernas y kettlebells le pareció muy brusco, y los ejercicios con el propio cuerpo los vio aburridos.

En menos de media hora estaba de nuevo en el vestuario, pensativo. Tal vez se había equivocado al dejarlo hacía unos meses cuando había conseguido enlazar varias semanas con continuidad; o minusvaloró lo rápido que había perdido la forma, y el esfuerzo que le costaría recuperarla. O tal vez, simplemente, planeaba pagar y no ir, apaciguar la cabeza sabiendo que es socio y, poder, puede ir cuando quiera.


Redactado para la convocatoria de septiembre (volver), de Divagacionistas.

Cabezada

—¿Te apetece? —preguntó él mientras jugueteaba con el dedo índice en el trozo de espalda que quedaba a la vista entre las asas del camisón de su mujer.

—Ahora noooo. Quiero descansar —respondió ella al tiempo que, arqueándose y agitando las caderas, se libraba de la mano de su marido.

Tras unos segundos mirando al techo, buscando otra estrategia para lograr siquiera retozar un ratito, rompió la penumbra y el silencio de la habitación con otra pregunta, esta vez con tono lastimero:

—¿Es que no te gusta?

—Esa no es la cuestión: hay cosas que gustan, y mucho, y a veces preferimos dormir… o incluso nos quedamos dormidos haciéndolas.

Con el ego algo dolido por la indirecta, se incorporó levemente apoyando el codo izquierdo en el colchón, e intentó reconvenir a su esposa:

—Eso no tiene sentido. Cuando a uno le gusta algo de verdad, está siempre dispuesto a ello.

Ella se giró para mirarlo a la cara, tiró de su cuerpo hacia arriba hasta quedar sentada, y replicó sin agresividad alguna:

—Pues sí que lo tiene. Por ejemplo, tú siempre dices que te apasiona el ciclismo, cuando hay una carrera importante no paras de hablar de ella, ni permites que nadie toque el mando a distancia a la hora de comer y en la sobremesa; sin embargo cuando te pones a ver el Tour en la televisión, no han empezado a subir el primer puerto y ya estás roncando.

—Pero… eso…

Quiso replicar, esta vez más para justificar la razón de ser de sus siestas, que para intentar despertar la libido en su cónyuge. Pero no encontró un argumento convincente.

—Buenas noches, cielo. Que descanses—se limitó a decir, al tiempo que apagaba las luces del cabecero.

Sin embargo, sería por darle vueltas en la cabeza a esa conversación, o sería por la sobada que había echado por la tarde, él no fue capaz de conciliar el sueño en toda la noche.


Redactado para la convocatoria de junio (dormir), de Divagacionistas.