Percebeiro

—Así es, Matías. Nos encontramos en la villa coruñesa de Ponteceso, muy cerca de la punta Roncudo, famosa por ser donde crecen los ejemplares más grandes y sabrosos de este crustáceo. —El plano dejaba ver, tras la corresponsal, unos acantilados no muy altos pero en los que el agua se proyectaba a gran altura al chocar con fuerza contra la costa—. Y estamos con Paulino, uno de los hombres que luchan a diario contra las olas para que los demás podamos disfrutar de este manjar en nuestros platos.

La cámara giró hacia la izquierda para encuadrar también al entrevistado, un hombre ya entrado en años, de pelo corto, barba canosa, y rostro arrugado y quemado. Aquella presencia dura y veterana contrastaba enormemente con la juventud y delicadeza de la atractiva presentadora, a la que el viento alborotaba la melena.

— Buenas, Paulino. ¿Qué hace falta para ser percebeiro?

—Pues lo imprescindible es la rasqueta. Y luego están la bolsa de red para la captura, un traje y unos guantes de neopreno, unas zapatillas de montañero, y una pequeña cuerda. Poca cosa, la verdad.

—Ajá. Pero, ¿qué cualidades son las que hacen falta para desempeñar este oficio? ¿Qué debe tener alguien para dedicarse al percebe?

—¡Ah, eso! Pues agilidad y fuerza para saltar y agarrarse a las piedras, valor para meterse en las zonas donde más rompe. Y, sobre todo, prudencia y saber leer el mar, la espuma, las rompientes… Bueno, y amor por el mar, y también algo de necesidad.

—¿Por qué es dura esta profesión, verdad? Y son muchas las personas que viven aquí del mar, ¿no?

—Son, sí. Entre los que andan a la altura, los que quedan en la bajura, las compañeras que marisquean a pie en los fondos de la ría, las bateas, y las conserveiras, son muchas las familias que viven del mar. Aunque también hay alguna que muere por culpa del. Porque el mar tiene eso: que te da la vida, pero a veces también te la quita.

La presentadora le agradeció su intervención y despidió la conexión. Pero él había desconectado hacía ya unos segundos. Tras pronunciar su última frase un temor se había pasado por su cabeza: ojalá su hijo siguiese estudiando, para poder tener el día de mañana una profesión tranquila como la de aquellos periodistas.


Redactado para la convocatoria de abril (acantilados), de Divagacionistas.

Oposición

El proceso había sido muy duro desde el inicio. Intentaba relativizarlo pensando que, obviamente, no estaba bajando a la mina, ni nada parecido. Pero, incluso así, la situación se le hacía bola.

El último año estaba siendo un periodo de muchas renuncias, de mucho trabajo, y también de muchos altibajos emocionales —incluyendo varios amagos de tirar la toalla—, y de alguna que otra somatización a causa del estrés.

El desgaste psicológico era enorme tras incontables jornadas quemando tanto las neuronas, como la vista, obligada ésta a pasar horas y horas atacada por el brillo del monitor, y forzada a escudriñar subrayados y anotaciones en los márgenes de una ingente cantidad de fotocopias repletas de referencias legales y de marcas de rotuladores fluorescentes.

Y el físico no lo era menos. Tenía un dolor constante en las cervicales, así como en las manos, probablemente por la sobrecarga postural y por el exceso de teclado y bolígrafo, respectivamente. Del sedentarismo que estaba suponiendo la preparación del procedimiento selectivo, mejor ni hablar.

Además, todos esos malestares no eran nada comparado con el peor de todos: la sensación de estar sobrecargando a la familia o, peor todavía, de estar dejando de lado sus obligaciones para con ella.

Lo más triste es que sospechaba que todo iba a ser en balde. Por su cabeza no cesaban de pasar pensamientos como: seguro que el resto están estudiando más, has empezado demasiado tarde, no vas a tener suerte con el sorteo…

Cuando sólo faltaban un par de días, para tranquilizarse, consultó una calculadora de probabilidades en un portal de internet dedicado a opositores a distintos cuerpos y sectores:

—A ver: son 75 temas y el tribunal saca 2 bolas del bombo. Llevo preparados más o menos bien 40. Da una probabilidad del… ¡78.56!

Sonrió pensando que había esperanza. Al menos, de pasar el primer examen. Casi un 80% estaba muy bien. Aunque la realidad del otro 20% también existía, y la interpretación también podía hacerse a la inversa: llevaba 35 temas sin estudiar.

Entonces notó una fuerte punzada en el estómago. Ese día ya no podría repasar más.


Redactado para la convocatoria de febrero (esperanza), de Divagacionistas.

Almuerzo

Ya viene la tacita de leche. Y, además, acompañada de un par de galletitas de esas con forma de animalito y pepitas de chocolate. ¡Bien! Vamos a tomarla.

(…)

¿Cómo? ¿Por qué tengo que esperar? Si está todo ahí, en perfecto estado, a una temperatura ideal, disponible y a mi alcance.

Ah, a que tienes que terminar de poner el resto de cosas en la mesa ¿Y yo mientras qué? ¿Aquí atado en la trona, mirando para ti? Pues es de un atractivo el plan… No sé en qué me beneficia eso a mí.

Ahora que ha vuelto a meterse en la cocina creo que puedo ir cogiéndola ya.

(…)

¡Vale, vale, vale! Que sí, que sí, que ya la dejo. Pero, ¿cuánto es ese momento?

¿Acaso no sabes de sobra que los bebés somos egocéntricos por pura naturaleza, que no tenemos una percepción del tiempo como vosotros los adultos? Además, aunque la tuviéramos, tampoco es que hayas concretado mucho, que digamos. Con esa expresión tan vaga no sé si en unos segundos podré sentir el dulzor en mi boca, o si cuando me des permiso ya voy tener que tomarla fría.

Por no hablar de que, además, tengo hambre, así que un poco de empatía, por favor, y déjame echar ya mi manito a la taza.

(…)

¿Demora de la recompensa? ¿Tolerancia a la frustración? ¿Normas básicas de cortesía? Pero, por dios, ¡si acabo de hacer dos años y medio!

Y en este tiempo no deberías tener queja de mí en lo que se refiere a estar en la mesa. Jamás he volcado un plato de papilla, ni he escupido el puré. No he rehusado probar ninguno de los alimentos en los que me habéis ido introduciendo. Normalmente acabo mi plato sin rechistar. Hasta uso la servilleta yo solito. ¿Qué más queréis?

(…)

Sí, ya, que aprenda a esperar, que me va a ser muy útil en muchas facetas de la vida. Ya me lo habéis dicho muchas veces. Y sí, vale, estoy de acuerdo: intentaré mejorar en el futuro.

Pero, de momento, ¿puedo ir mojando ya en el cacao esa galletita de león?


Redactado para la convocatoria de enero (momento), de Divagacionistas.