Paseando

Algunos lo llamaban, con cierto tono despectivo, el paseo del colesterol, aunque a él le daba igual. Cierto era que muchos iban sólo porque el médico les había recetado caminar, pero también que, fuese cual fuese la razón de unirse al grupo de jubilados andarines, incorporar aquel hábito no tenía nada de malo o vergonzoso, más bien al contrario.

Además, el beneficio para la salud de aquellos minutos gastando zapatilla no se limitaba a poner en marcha el aparato locomotor y a mejorar los parámetros de la analítica. Igual de importante o más era reactivar la vida social, disfrutar de aquella sensación de conexión con los demás y de aquel bonito paseo frente al mar.

Las conversaciones solían ser de lo más variopinto: desde sesudos análisis socio-políticos a bromas con un trasfondo picante, pasando por los relatos más costumbristas de las anécdotas que trae la vejez. Pero cuando llegaban ciertos temas era inevitable que a sus ojos se asomase la amargura, e incluso directamente el dolor. Como cuando comentaban las bajas que se iban produciendo en el equipo: unos porque tenían mal a la parienta o, lo que es peor, a un hijo, y tenían que quedarse en casa; otros porque habían tenido que encamarse; otros porque sus hijos los habían metido en una residencia; y otros, por desgracia, porque habían abandonado este mundo (creyendo que hay otro o no).

Mientras daba uno de sus últimos paseos meditaba sobre estas cuestiones y su futuro, sin resignación ni tristeza. Pensaba que cuando llegase su hora no le temblaría la voz ni sentiría remordimientos. O sí, ¿quién sabe? El miedo y el apego son libres e imprevisibles. Fuese como fuese intentaría afrontarlo con valentía. Había vivido una buena vida y, lo que no es fácil, siendo buena persona. Además, creía que la muerte es parte esencial de la vida, y que la grandeza de ésta no se medía en posesiones sino en el nivel de tranquilidad con el que podías llegar al final del camino. Y él podía podía transitar sereno, tanto hasta el ocaso de aquella playa, como hasta el de su tiempo.


Redactado para la convocatoria de enero (esencia), de Divagacionistas.

Carrera

Si ya me cuesta respirar, ¿por qué me ponen esta mascarilla de plástico, que no hace más que empañarse de vaho y no me deja pensar con claridad? Tampoco entiendo, si lo que estoy es fundido de piernas y de pecho, por qué me duele tanto el brazo izquierdo.

La culpa es toda del otro cabrón, que cuando hablamos un momentito en la salida, durante el calentamiento, me comentó que apenas había entrenado, que no estaba en forma y que venía sólo a acabar. Yo sabía que era una trola, parte de la jerga y del juego de piques de los deportistas populares, pero preferí ser sincero: le dije que no había entrenado nada porque llevo una temporada de mucho trabajo y que había cogido peso con la mala alimentación y el estrés. Y así es, efectivamente. Él le quitó importancia y, como queriendo invertir la previsión de nuestros estados de forma, me respondió que el cuerpo tenía memoria, y que quien tuvo retuvo. ¡Cómo si yo hubiese tenido alguna vez!

He de reconocer que no debí haberme animado e intentar seguirle el ritmo. Mucho menos cuando después de los primeros kilómetros ya se vio claramente que él estaba como un toro y yo como una vaca. Y se vio también que la cosa iba a acabar mal. Y así fue, como demuestra que ahora esté aquí tumbado mientras, en medio de tanto vaivén, una médica y una enfermera no paran de conectarme cosas que no consigo distinguir bien.

Pero bueno, la cosa no debe ser grave, porque de lo contrario estaría viendo pasar mi vida en diapositivas, ¿no? Y no está siendo así, pues lo único que se me viene a la cabeza son (el primer beso a mi mujer) retazos de (el nacimiento del niño) la carrera (la despedida primero de mi padre y años después de mi madre) y del avituallamiento (la graduación del chaval) donde tuve que (la meta de mi primer maratón) tirarme al suelo por la taquicardia. Además, tampoco hay esa luz intensa que dicen que aparece cuando llega tu hora. Porque ese brillo que está deslumbrando mis ojos es uno de los focos del techo de la ambulancia, creo…


In memoriam de Miguel El Hematocrítico

Redactado para la convocatoria de noviembre (memoria), de Divagacionistas.

Trabajar

Caminaban acelerados por el pasillo principal del centro comercial cuando se cruzaron.

—¡Cuánto tiempo!

—¡Ya te digo! No te veía desde que cambiaste de consultoría.

—¿Tienes tiempo para un frappuccino y nos ponemos al día?

Sonrieron con complicidad, y caminaron hacia el Starbucks que encabezaba la sección de cadenas y franquicias de la planta de restauración. En ese pequeño trayecto se hicieron mutuamente las preguntas de rigor sobre la salud y la familia, sin un interés sincero, y cuando se auparon a los altos taburetes del establecimiento la conversación ya había derivado hacia el tema laboral e, inevitablemente, hacia el estatus.

—Pues últimamente tengo un timing bastante apretado. El CEO me tiene en estima por mis números, y estoy haciendo méritos para que me adjudique la dirección de la próxima campaña. Así que estoy en una etapa de comida rápida y poco sueño.

—Te entiendo perfectamente. Hace unos meses estuve igual, metiendo bastantes horas para lograr un buen rating. Y no me salió mal, porque pude sacar unos 120K extra. —La guerra de señalización social era constante—. Me di un caprichito y cambié el SUV, e incluso me metí en una segunda hipoteca para un casita en la playa. ¡Tienes que venir cuando puedas!

Como su nuevo iPhone y el fondo de armario de marca que se había ido construyendo parecían no poder competir con las grandes inversiones de su interlocutor, decidió cambiar de tema.

—Oye, ¿y qué es de aquel compañero tuyo que programaba el software del market-place? Ese sí que hizo una buena cifra con la start-up que había montado…

—Pues todavía debió hacer más cash: la vendió a un gran fondo de inversión. Y, lo más increíble, ahora no trabaja. Lo lógico hubiese sido buscar otro nicho o montarse de business-angel, pero no. Al parecer sólo se dedica a leer, hacer deporte, estar con su familia, y de vez en cuando viajar de mochilero.

—¡De mochilero! ¿Qué necesidad tendrá de pasarlo mal? Y qué desperdicio con el coco que tiene. —Se quedó unos segundos pensativo y añadió—: No lo envidio, yo prefiero hacer y tener lo que quiero.

Sus miradas se cruzaron y, de repente, les entraron ganas de despedirse y volver rápidamente a la extraña seguridad que les brindaban sus respectivos despachos.


Redactado para la convocatoria de octubre (cautividad), de Divagacionistas.