El proceso había sido muy duro desde el inicio. Intentaba relativizarlo pensando que, obviamente, no estaba bajando a la mina, ni nada parecido. Pero, incluso así, la situación se le hacía bola.
El último año estaba siendo un periodo de muchas renuncias, de mucho trabajo, y también de muchos altibajos emocionales —incluyendo varios amagos de tirar la toalla—, y de alguna que otra somatización a causa del estrés.
El desgaste psicológico era enorme tras incontables jornadas quemando tanto las neuronas, como la vista, obligada ésta a pasar horas y horas atacada por el brillo del monitor, y forzada a escudriñar subrayados y anotaciones en los márgenes de una ingente cantidad de fotocopias repletas de referencias legales y de marcas de rotuladores fluorescentes.
Y el físico no lo era menos. Tenía un dolor constante en las cervicales, así como en las manos, probablemente por la sobrecarga postural y por el exceso de teclado y bolígrafo, respectivamente. Del sedentarismo que estaba suponiendo la preparación del procedimiento selectivo, mejor ni hablar.
Además, todos esos malestares no eran nada comparado con el peor de todos: la sensación de estar sobrecargando a la familia o, peor todavía, de estar dejando de lado sus obligaciones para con ella.
Lo más triste es que sospechaba que todo iba a ser en balde. Por su cabeza no cesaban de pasar pensamientos como: seguro que el resto están estudiando más, has empezado demasiado tarde, no vas a tener suerte con el sorteo…
Cuando sólo faltaban un par de días, para tranquilizarse, consultó una calculadora de probabilidades en un portal de internet dedicado a opositores a distintos cuerpos y sectores:
—A ver: son 75 temas y el tribunal saca 2 bolas del bombo. Llevo preparados más o menos bien 40. Da una probabilidad del… ¡78.56!
Sonrió pensando que había esperanza. Al menos, de pasar el primer examen. Casi un 80% estaba muy bien. Aunque la realidad del otro 20% también existía, y la interpretación también podía hacerse a la inversa: llevaba 35 temas sin estudiar.
Entonces notó una fuerte punzada en el estómago. Ese día ya no podría repasar más.
Redactado para la convocatoria de febrero (esperanza), de Divagacionistas.
El exceso deja secuelas y agota de una forma abrumadora. Muy bien descrito lo que se siente. Un abrazo