Colombianos

—Al final, los colombianos estos aún van a ser como los esquimales.

—No sé a qué se refiere, jefe.

—¿No dicen que los esquimales tienen cien palabras diferentes para llamar a los distintos tipos de nieve? Pues estos cabrones, seguramente también: según lo pura que sea, según la plantación de la que provenga, según el beneficio que le saquen… —hablaba sin levantar la vista de la mesa ni parar de contar billetes.

—Me perdone, pero he oído que eso no es verdad —el tono del patrón traslucía un cierto temor a llevarle la contraria al capo.

—¿Lo qué? Da igual, déjalo, sea por unos o por otros, eso que se pierden. Nosotros sin embargo sí que tenemos un montón de palabras para la lluvia… y a la vista de estos fajos está claro que ayer aquí sí que precipitó, pero a base de bien. ¡Una buena arroiada… de fariña y de cuartos! —la frase acabó con una risotada y una mirada de complicidad entre ambos.

Todavía tardaron un buen rato en acabar cada uno su faena: el uno, lubricar los motores, llenar el depósito, y cubrir la planeadora con una lona; el otro, ayudándose de unas gomitas, hacer pequeños cilindros de un millón cada uno, calcular el montante total, y separarlo en varias mochilas y cajas, como era costumbre para facilitar luego su reparto.

Mientras arrastraron la enorme puerta corredera de la nave que usaban como escondrijo, en la que podía leerse Efectos Navales Meco, y se despidieron, no repararon en la vieja furgoneta de una supuesta panadería que estaba aparcada a unos metros, en una explanada en penumbra. En su interior dos cabos de la Guardia Civil rebobinaban la cinta de la grabadora y tomaban fotos de los sospechosos. Estaba claro que, antes o después, en Galicia siempre se está a punto de tener que gritar, ¡agua!


Redactado para la convocatoria de enero (nieve), de Divagacionistas.

Jardín

—No lo dudes, si puedes, cómprala: te cambiará la vida —afirmé con rotundidad.

—¡Uf! Es una pasta de narices. ¿No será mejor meterse en una casa, que eso es para siempre?

Quise contarle cuanto me arrepentía yo de no haberla pillado antes, pero la idea me retrotrajo a mi historia de idas y venidas.

Dejé el nido familiar cuando me fui a la capital a estudiar la carrera, lo que supuso varios años de piso compartido de estudiantes. No lo pasé mal, pero obviamente era algo provisional. Una etapa a quemar.

Justo después, tras incorporarme al mundo laboral, tuve la que fue mi primera pareja de verdad, y nos animamos a la convivencia: primero en un pisito de alquiler, y más tarde, al ver que la cosa duraba y trabajo no faltaba, nos mudamos, hipoteca mediante, a una moderna urbanización en las afueras. Pero ni la piscina ni la pista de pádel pudieron camuflar que cuando algo no funciona, no funciona.

Así que liquidé todo, pasé el trago de la separación, y volví a mis orígenes. Pero después de años de independencia no quería volver a dar explicaciones a mi familia, así que tras unos meses de alquiler, los que tardó la constructora en finalizar el ático que compré sobre plano cerca del pueblo, hice la que pensaba sería la última mudanza, la última transición, el último cambio de lugar, el último trasiego de subir y bajar cajas, maletas, muebles… y emociones.

—Además tanto tiempo ahí, un poco como un jipi o un yanqui, tiene que ser incómodo por lo pequeño ¿no? —comentó, sacándome del ensimismamiento—.

—Mira, hay autocaravanas que son más grandes y lujosas que muchos pisos. Y desde luego, por falta de jardín no será…

Su sonrisa dejó claro que había entendido la ironía.

—Entonces, ¿valdrá la pena?

—Depende. En mi caso sentía que el apartamento era mi casa, pero no mi hogar; que cada vez tenía más objetos pero menos experiencias. Y ahora sé que mi sitio no está un lugar concreto, que mi casa son mis lecturas, mis paisajes, mis paseos, mi gente…

Decir algo así en alto me hizo ser más consciente. Y me alegré de haber sido valiente, de haber optado por una casita con ruedas, de poder disfrutar del sendero que caminé hoy y de la carretera que recorreré mañana.


Redactado para la convocatoria de diciembre (hogar), de Divagacionistas.

Cantera

Llevó el móvil a su cara, visiblemente contrariado:

—Ya tengo el listado, y habría que ir pensando en dar de baja el equipo.

—¿Qué pasa entonces? ¿No hay talento en el pueblo?

—Haberlo, haylo. Pero ninguno da la talla.

—¡Eso es un contrasentido!

—A ver, presi: no la dan por falta de ganas, no de capacidadades. En el día a día de los entrenamientos llevamos años viéndolo. Cada vez los chavales son menos currantes, nada constantes, y poco respetuosos con los técnicos y con el rival, que es uno de las cosas que más nos preocupa. Eso sí, caprichos que no falten.

Hizo una pausa en el discurso, en la que no pudo evitar un suspiro evocador de tiempos mejores, y continuó:

—Hubo una época en la que bastantes llegaban a promesas, algo maravilloso incluso aunque luego mayormente no se cumpliese la expectativa que habían generado (de hecho, no me extrañaría que le hayan cambiado el nombre a la categoría por esa modernez de «Sub23», precisamente por eso). No importaba que luego casi ninguno cuajase o que nadie pasase a profesionales. Hacíamos algo importante: crear cantera y afición, formar en hábitos de vida, inculcar valores… ¿Que alguno se despistaba cuando descubría el cubalibre y el ligoteo, o se veía obligado a elegir cuando entraba en la universidad o tenía que currar con su familia? Pues vale, es normal, diríamos que Ley de vida. Pero es que ahora ni eso: hay problemas incluso para cubrir el cupo de juveniles y el de infantiles. La chavalada no quiere moverse, no quiere sufrir, ni comprometerse, ni obedecer las normas. Solo hay que ver quienes son sus modelos en la vida, o como se portan muchas familias cuando vienen a ver alguna competición.

—Tranquilo, míster. Seguro que algo podremos hacer.

—No lo tengo claro. Entre estar sudando en una tarde de frío y lluvia, o estar tirado en el sofá con la maquinita en la mano… su elección está clara. Tenemos demasiada competencia. Y muy poderosa.


Redactado para la convocatoria de noviembre (promesas), de Divagacionistas.

Marcas

La primera vez fue dolor lo que sintió, básicamente dolor —no se le podía llamar de otra forma—. Pero también interés.

Aunque de forma automática la reacción de su cerebro fue de evitación y rechazo, unos segundos después de que, con tanta facilidad, entrase en su carne aquel filamento de cable metálico deshilachado, observando la pequeña y brillante gota de sangre que brotaba de la yema de su dedo, pensó en que nunca había sentido nada parecido en el interior de su cuerpo.

Sabía lo que era el contacto físico, el normal, el del día a día: sentir en nosotros mismos el tacto de las personas y los objetos que nos rodean en la vida cotidiana, la presencia de los elementos de la naturaleza… Incluso había vivido ya sus primeros episodios sexuales, esos en los que la sensación que produce el roce de la piel se enriquece con el deseo y los sentimientos. Pero quería explorar más.

Empezó por provocarse cosas que de inicio habían experimentado de forma fortuita: perder la sensibilidad en los miembros por comprimirlos, cortarse levemente con folios… Y poco a poco fue aumentando la lista de estímulos que quería probar. ¡Se le ocurrían tantos, y en tantas partes del cuerpo! Entonces fueron llegando las quemaduras, las pinzas, los pinchos, las cuchillas, e incluso los golpes.

Cuando sus allegados se enteraron, al ver algunas de las cicatrices, pusieron el grito en el cielo y se ofrecieron a ayudarle. No lo necesitaba. Puede que no fuese placer —o de momento era algo pronto para afirmarlo—, pero tampoco veía en ello nada malo. ¿Autolesiones? ¿Problemas mentales? No, un tránsito hacia el auto-descubrimiento, no ya físico y mental, sino vital.

Ahora, pasados los años, con familia, trabajo fijo e hipoteca, y una membresía premium en el club sadomasoquista de su ciudad, se reafirma en que fue el camino correcto. Al menos esas marcas que le deja su vida las lleva por decisión propia. Y eso es más de lo que la mayoría de sus vecinos puede afirmar.


Redactado para la convocatoria de octubre (brotes), de Divagacionistas.