Penitencia o sentencia

Ese día estaba a rebosar: seguramente se debía más al morbo que había despertado el hecho de saltar el caso a los periódicos, que a un deseo real de estar allí y participar en el evento, pero el caso es que no cabía, literalmente, ni un alma.

Por eso estaba poniendo especial esmero en sus actos y en su discurso: tranquilizarse, vocalizar, gesticular con convicción… Nadie le quitaba el ojo de encima, incluso en los momentos en que no era el protagonista, pero cuando le tocó entonar la oración —no sabemos si de forma premeditada o no—, fue como si la luz que entraba por el rosetón se proyectase sólo en él:

—Yo confieso ante Dios todopoderoso, y ante vosotros, hermanos…

Un murmullo se extendió por la nave principal. Hizo como que no escuchaba, como si esa fuese la respuesta habitual de la gente al llegar ese momento.

—Que he pecado mucho, de pensamiento, palabra, obra y omisión.

El murmullo se convirtió en bullicio. ¿Era eso un reconocimiento público, o simplemente palabras desgastadas por la repetición ritual? Sólo el lo sabía.

—Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa —continuó intentando sobreponer su voz, mientras llevaba sonoramente el puño al corazón, tres veces, e intentaba poner rictus de contrición, si tal cosa es posible.

—Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,…— dijo marcando especialmente la última palabra, al tiempo que dirigía una mirada acusadora al Obispo que, sentado a sólo unos metros de él, intentaba aparentar desconocimiento y dignidad, en un vano esfuerzo  de que el escándalo no le salpicase, ni se sospechase de comportamientos similares en su gabinete.

—… a los ángeles, a los santos, y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

Al finalizar, permaneció con los ojos cerrados y la cabeza agachada durante unos segundos. El público, expectante, esperaba un gesto revelador, un giro dramático en la escena. Pero sólo encontró silencio, vuelta a la rutina, ahora ya vacía de significado.

Sin embargo, meses más tarde sí repitió el ademán, pero sin la parroquia delante, a puerta cerrada: cuando el juez, el auténtico y verdadero, le impuso una pena de 20 años y 1 día, amén de una cuantiosa indemnización económica a las familias de aquellos niños. Pero entoces no se golpeó el pecho.


Redactado para la convocatoria de abril (culpa), de Divagacionistas.

Deja un comentario