Un balón

Al alzar el balón ante mi cara, y quedar por unos segundos su cabecita oculta a mi vista, la voz parecía provenir de aquella pelota por cuyos laterales asomaban dos pequeños guantes de portero verdes y amarillos. La pregunta fue breve y simpática, típica de quien no domina todavía un idioma, y el tono no podía ser más meloso:

–¿Me tiras unos tiros, porfi?

La verdad es que en aquella calurosa sobremesa lo que me pedía el cuerpo no era movimiento, sino un ratito de siesta. Además de por lo copioso de la recién acabada comida, porque los últimos problemillas de salud habían hecho aumentar esa ya habitual sensación de fatiga crónica. El único motivo por el que todavía no me había retirado al sofá era para verlos un poco más antes de que se volviesen a la ciudad.

Y es que la niña y su pareja cada vez vienen menos, y aun por encima algunas veces no traen a los críos. No los culpo, es normal: tienen su vida y sus obligaciones, y los críos también. Lo importante es que allá son felices y no tienen grandes problemas: una tranquilidad para mí.

Pero soy consciente de que no puedo desaprovechar oportunidades, porque, ¿cuántas veces más se dará esta situación antes de que yo me marche, o de que la salud no me respete lo suficiente como para poder disfrutarla? No soy hipocondríaco ni pesimista, pero, ¿cuántas? ¿40 o 50? Pueden parecer muchas, pero no lo son cuando hablamos de cosas como estar toda la familia junta alrededor de la mesa, o de ver corretear a los nietos por la finca.

Por eso, cuando bajó los brazos y vi esa ilusionada sonrisita, pese al cansancio, pese al dolor de cadera, pese a mi apatía por el fútbol, pese al riesgo de hacerme daño, solo pude responder, al tiempo que me incorporaba:

–¡Pues claro! A ver si soy capaz de meterte algún gol, que me han dicho un pajarito que eres muy bueno.


Redactado para la convocatoria de febrero (escasez), de Divagacionistas.

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