Valor añadido

Intentando demorar, inconscientemente, el momento de pulsar en «añadir», deslizaba la pantalla arriba y abajo sin prestar atención a lo que tenía ante los ojos. Lo que hacía era algo normal, no tenía nada de reprochable, y además no era su primera vez. Pero sentía cierta desazón.

La vía tradicional no le aportaba ningún valor añadido en el caso que le creaba ahora tantas dudas. Sin embargo, era innegable que allí en general lo trataban bien, lo asesoraban, le hacían «algún detalle»… Y también que, con las sucesivas visitas a lo largo de tantos años, se había ido creando, si bien no una amistad, sí una cierta confianza. ¿Valía la pena arriesgarse a deteriorarla por unos euros? Porque se quiera o no, a la larga, seguramente acabaría afectando al trato personal.

En ese momento pensó que esa vinculación implícita tenía sus ventajas, pues al conocerle ya sabían de sus preferencias (en ocasiones no tenía que explicar ni qué quería ni cómo), e incluso se beneficiaba de un pequeño trato de favor; pero también sus inconvenientes, como que costase más protestar o reclamar cuando algo no salía como debiera, o como la propia disyuntiva que le inquietaba.

Pero bueno, no había que darle más vueltas. Los comerciantes tenían que asumir la competencia del comercio electrónico (cuya frontera era cada vez más difusa), adaptarse para motivar a los clientes, y respetar sus decisiones. Así que, completamente decidido, seleccionó el modelo, la talla, el color, y fue a la pantalla donde se finaliza el pedido eligiendo la forma de envío, la dirección, y el método de pago. Y entonces saltó el avisó de que ese artículo se acababa de agotar, ¡y eso que quedaban 13 unidades en stock cuando se conectó a la aplicación sólo un rato antes!

La desilusión le duró sólo unos segundos, porque rápidamente cayó en la cuenta de que podría ir a comprarlo a su tienda de toda la vida. ¿O valdría la pena mirar en otra web? No lo tenía claro.


Redactado para la convocatoria de enero (infidelidad), de Divagacionistas.

Bienvenida

Conseguirla conllevaba hacer distintos trámites burocráticos, como los que gestionaba en su día a día laboral. Pero en esta ocasión no iba a recorrer un intrincado sendero administrativo, o al menos esa no era la sensación que él tenía.

Primero, desde el pasillo del hospital, aprovechando la llegada de unas visitas, cubrió la solicitud online, que pudo finalizar sin problemas porque tenía instalado en su móvil un certificado digital que le permitía firmarla. Un par de días más tarde, estando ya en casa, se escapó un momento al registro de la Consellería. Cuando le tocó su turno, se acercó al mostrador, animoso y con una amplia sonrisa, y saludó a la funcionaria. Ésta cogió los papeles sin inmutarse, pero al mirar la documentación esbozó una sonrisa empática, compulsó las fotocopias, y devolvió los originales y el resguardo junto con una felicitación.

Agradecido, salió del edificio cavilando en que estaría bien que se la concedieran, porque cualquier ayuda viene bien cuando arranca un proyecto de tal envergadura, pero una negativa tampoco le importaba en exceso. Ya se consideraba suficientemente agraciado con algo que superaba, de forma superlativa, a cualquier ayuda o beca: la salud.

Un par de semanas después, ni se acordaba ya del asunto con tantas cosas que tenía en la cabeza, le llegó al teléfono un mensaje con la resolución: tarjeta bienvenida concedida. Rápidamente se lo enseñó a su mujer, y se besaron. No era por los 1200 euros, fraccionados en pagos mensuales durante el primer año; ni por la caja de artículos de primera necesidad, muchos serigrafiados con el logo de las empresas patrocinadoras, que les enviarían en breve a su domicilio. Era por estar allí juntos, observando como dormía, plácidamente en aquel instante, aquella nueva personita por la que tanto lucharían.


Redactado para la convocatoria de diciembre (tarjetas), de Divagacionistas.