Bienvenida

Conseguirla conllevaba hacer distintos trámites burocráticos, como los que gestionaba en su día a día laboral. Pero en esta ocasión no iba a recorrer un intrincado sendero administrativo, o al menos esa no era la sensación que él tenía.

Primero, desde el pasillo del hospital, aprovechando la llegada de unas visitas, cubrió la solicitud online, que pudo finalizar sin problemas porque tenía instalado en su móvil un certificado digital que le permitía firmarla. Un par de días más tarde, estando ya en casa, se escapó un momento al registro de la Consellería. Cuando le tocó su turno, se acercó al mostrador, animoso y con una amplia sonrisa, y saludó a la funcionaria. Ésta cogió los papeles sin inmutarse, pero al mirar la documentación esbozó una sonrisa empática, compulsó las fotocopias, y devolvió los originales y el resguardo junto con una felicitación.

Agradecido, salió del edificio cavilando en que estaría bien que se la concedieran, porque cualquier ayuda viene bien cuando arranca un proyecto de tal envergadura, pero una negativa tampoco le importaba en exceso. Ya se consideraba suficientemente agraciado con algo que superaba, de forma superlativa, a cualquier ayuda o beca: la salud.

Un par de semanas después, ni se acordaba ya del asunto con tantas cosas que tenía en la cabeza, le llegó al teléfono un mensaje con la resolución: tarjeta bienvenida concedida. Rápidamente se lo enseñó a su mujer, y se besaron. No era por los 1200 euros, fraccionados en pagos mensuales durante el primer año; ni por la caja de artículos de primera necesidad, muchos serigrafiados con el logo de las empresas patrocinadoras, que les enviarían en breve a su domicilio. Era por estar allí juntos, observando como dormía, plácidamente en aquel instante, aquella nueva personita por la que tanto lucharían.


Redactado para la convocatoria de diciembre (tarjetas), de Divagacionistas.

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