Cucharita

La noche en la fábrica ha sido movidita, y llego algo más que destemplada. No tomo nada porque tengo más sueño que hambre, así que voy directa al dormitorio. Subo las escaleras descalza y entro en el cuarto sin hacer ruido: falta poco para que suene su despertador, y quiero que lo aproveche, que no se desvele y vaya luego conduciendo con sueño antes de la salida del sol.

Me acerco a la cama y, con la sola claridad de las farolas que entra por las rendijas de la persiana, voy desnudándome. Lo normal con este tiempo sería ponerse un pijama bien gordo, sacrificar el glamour y la sensualidad ante el confort de la felpa. Y también ponerse unos calcetines, unos de esos «de dormir». Pero no voy a andar ahora rebuscando en el armario. Dejo la braguita puesta, me libero del sujetador, y sólo me cubro con una camiseta de algodón, de propaganda, que espera destino sobre el respaldo de la silla.

Los segundos que pasan hasta que, levantando el nórdico de plumas lo menos posible, me meto en el sobre, se me eriza toda la piel. Luego el contraste térmico es brutal, pero la sensación de placer se demora porque tengo el cuerpo todavía gélido. En posición fetal, froto un pie contra el otro y junto las manos entre los muslos, pero no es solución: no se puede dar lo que no se tiene, y a cualquiera de mis extremidades les falta temperatura.

Sin embargo a mi lado tengo una estufa humana. Así que me deslizo sobre la sábana buscando su irradiación, pero deteniéndome a unos centímetros para no hacerlo entrar en shock con un posible contacto. Pero es él el que, sin decir nada, culmina el acercamiento. Me gira suavemente y, sin estremecerse ni rehuir la frialdad de mi piel, echa su brazo derecho sobre mi torso, pega su pecho y su pubis a mi espalda y mi trasero, y hace de nuestros muslos uno. Un gustoso escalofrío me recorre de arriba a abajo. Justo entonces, envuelve mis pies con sus piernas de forma que mis plantas reposen sobre los suyos. Su calor me inunda. Y su cariño.


Redactado para la convocatoria de enero (frío), de Divagacionistas.

Secuestrados

–¡Déjalo salir sano y salvo, y después hablamos, que seguro que podemos llegar a un acuerdo!

En el interior del templo la voz del sargento sonaba todavía más metálica que recién salida del megáfono. Esa artificialidad acentuaba la sensación de mentira, esa que tanto odiaba.

–Hágale caso, hijo… y baje el arma. En unas fechas como estas seguro que estaría mejor cenando con sus seres queridos, al igual que todos esos policías que están ahí fuera.

–¡No me jodas, pater! Y no me hables de fechas, que esa es otra: con el calendario también hacéis lo que os sale de los cojones.

–Le aseguro que no sé de qué me habla. ¿Le incomoda la navidad?

–Me toca los huevos vuestra puta manía de meteros en la vida de los demás, y de… de.. ¡de querer sacralizarlo todo!

El cura dio un paso atrás al ver los aspavientos que hacía con la escopeta, pero se atrevió a dialogar:

–¿Se refiere al calendario Gregoriano?

–¿Me tomas por tonto? Si sólo fuese eso. Mira, he leído algo más que el catecismo. Por ejemplo: ponéis en el santoral a san José Obrero para quitarle protagonismo a los Mártires de Chicago y al sindicalismo. O lo de estos días: afirmáis que el nene nació el 25 porque se os dio por cristianizar los cultos paganos del Sol invictus… y, por culpa de esa mierda, ahora hasta el calendario escolar está condicionado por vuestros ritos.

Desde el exterior volvieron a sonar palabras falsas:

–¡Llamaremos al ministerio para hablar de esas peticiones sobre el Concordato cuando no tengas rehenes! ¡Dinos algo!

Se acercó a un vitral y gritó:

–¿Rehenes? La historia, las leyes, la sociedad: todo a su antojo. ¡La Iglesia es la que nos tiene secuestrados, a todos! Pero algunos no padecemos…

Cayó al suelo sin poder acabar su frase sobre el Síndrome de Estocolmo, interrumpido por una detonación, un zumbido, una cristalera rota, y su sangre manchando la fría piedra de la pequeña capilla de San Judas Tadeo. Allí se acababa para él aquella noche. La más larga. La última. Porque en lo que se refiere a la vida no hay segundas oportunidades: ni para los laicos ni para los creyentes.


Redactado para la convocatoria de diciembre (solsticio de invierno), de Divagacionistas.