Free solo

Tumbado en la hierba, intentó relajarse unos minutos. Aunque en realidad no era así, para él parecía no haber nadie en todo el Yosemite: tan sólo escuchaba, debido a sus intencionadamente profundas respiraciones, el roce de la tela de su plumífero. Cada poco abría los ojos para contemplarla, para fijarse en alguno de sus recovecos y dibujarse mentalmente a sí mismo moviéndose sobre ella.

Cuando su mente y su cuerpo se encontraron en la situación adecuada, se incorporó y recorrió con tranquilidad los pocos metros que los separaban. Sí, era posible conquistarla. Mil veces más grande que él, pero sólo era una pared, como tantas otras que había subido. Y además una vieja conocida con la que ya había bailado en más de una ocasión.

Ajustó las tiras de velcro de los pies de gato, y echó las manos a su espalda para alcanzar la magnesera. Tras sacudirlas, acercó un instante su cara a la roca. Parecía como si los dos se estuviesen comunicando, como si se confesasen mutuamente: tal vez él le pedía perdón por retarla, o por dejar en su cuerpo de piedra aquellos rastros de polvo blanco.

Fue entonces cuando su rictus cambió y se encaramó a la vertical. Aunque los primeros largos estaban muy ensayados, empezó con calma, aprovechando aquellas regletas y repisas generosas para quedarse unos segundos en posturas que le permitiesen descansar la musculatura. En ausencia del tintineo de los mosquetones en el arnés, y de compañero de cordada, sólo se oían jadeos y resoplidos: hasta las aves y el viento parecían respetar aquel momento de riesgo máximo.

Poco a poco, sin lanzamientos ni ostentaciones, asegurando los agarres y aprovechando cada grieta y cada rugosidad por milimétricas que fuesen, su ascensión fue ganando metros. Hasta que cuatro horas más tarde, finalizando con un apoyo de talón, pudo empujarse con los antebrazos en la pequeña superficie de la cumbre.

De pie, aquel capitán en lo alto de El Capitán, miró al horizonte primero y luego a sus extremidades despellajadas y sangrantes. Luego sonrió, y fue como si despertase. Alzó los brazos al tiempo que emitía un profundo chillido de desahogo. Desde el valle los aplausos se repetían tras los prismáticos: eran para ambos.


Redactado para la convocatoria de febrero (piedras), de Divagacionistas (y dedicado a Alex Honnold).

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