Abrirse

Le dio bastante trabajo ir convenciéndola con alegatos sobre la libertad sexual, el goce de los sentidos, la importancia de la libido en la convivencia… Y eso que no era una mojigata, de esas de sólo misionero y luz apagada. Pero él creía que no tenía su misma madurez sexual ni sus ganas de experimentar.

Así que un día, tras unas maniobras carnales de estilo rutinario culminadas en un orgasmo placentero e inusualmente simultáneo, se armó de valor y soltó su propuesta final, con la que lograría que ampliasen su repertorio amoroso: irían juntos a un sex-shop, y cada uno compraría un artículo erótico pensando en el otro, con el compromiso de incorporarlo a sus prácticas de alcoba.

Pero las tornas cambiaron cuando fueron a aquella tienda. Nada más entrar, el supuesto gurú del sexo se fue amilanando, especialmente en el pasillo del instrumental fálico, en el que sólo veía rivales amenazantes y posibles agravios comparativos. Mientras, a la chica tímida se le iluminaban los ojos ante aquel voluptuoso festival de formas y colores, echaba la mano a todos los expositores de juguetes y de material sado, probaba correas y máscaras, se interesaba por todas las esencias y lubricantes…

Al reunirse en el mostrador, él se adelantó, en un intento de recuperar la iniciativa, ofreciéndole una caja de cartón con un lateral transparente que contenía un intencionadamente pequeño y delgado vibrador negro.

–¡Qué chulo, gracias! -dijo ella dándole las gracias con un beso-. Además es una buena elección porque podemos usarlo los dos para explorar.

Su rictus cambió. ¿Qué intentaba decir con aquello? ¿Estaba sugiriendo lo que parecía? Porque una cosa era romper la rutina, y otra distinta abrirse a terrenos que no querían ser explorados.

Intentando apartar esos pensamientos que le hacían sentirse sucio, recibió de manos de ella una pequeña caja cúbica de metacrilato. En su interior, un pequeño objeto lila. Ante su cara de ignorancia, intervino ella sonriente:

–Se pone así, ves –hizo un gesto arrimando aquella cosa a su pubis–. Es un anillo de pene: esta parte de aquí comprime, y así ayuda a mantener la erección y retrasar la eyaculación… y con estas orejitas de aquí podrás estimular mi clítoris. ¿A que mola?

Aquello era el colmo. Pensó que se había pasado de ampliar el horizonte sensual a cuestionar su hombría, y soltó, serio:

–Cariño, tenemos que hablar.


Redactado para la convocatoria de abril (anillos), de Divagacionistas.

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