Taquicardia

Fue sólo un leve roce pero, en cuanto lo sintió, se detuvo bruscamente. Estaba paralizado y taquicárdico. La consciencia de aquella fricción le provocó de inmediato un intenso ardor que ascendió por su espalda, hasta provocarle quemazón en la parte posterior del cráneo. Todo el vello se le erizó de golpe y unas grandes gotas de sudor, como aparecidas de la nada, afloraron en su frente y sus sienes. Cerró los ojos y respiró hondo un par de veces, intentando mantener la calma entre sudores fríos y comprender el torrente emocional que lo invadía. Aunque pareciese extraño, aquel simple y suave contacto, por muy superficial que hubiese sido en el plano físico, le había llegado a lo más hondo de las entrañas.

Levantó los párpados con lentitud, como quien sabe que cuando lo haga empezará a contemplar una nueva fase de su existencia. Todo había pasado tan rápido, y de forma tan inesperada, que antes de hacer nada necesitaba reflexionar sobre ello. ¿Qué significaba aquello para su identidad? ¿Tendría alguna implicación en su vida cotidiana? ¿Se repetiría en el futuro más inmediato?

Abrió la puerta, cabizbajo y avergonzado. Visiblemente nervioso, se dispuso a hacer el balance de daños. Por fortuna, sólo había unos arañazos en la aleta y la esquina de la defensa. Poca cosa. Chapa y pintura, como se suele decir.

Pero dolía. Dolía mucho. Y no sólo por el desembolso económico que habría que hacer, y por los perjuicios e inconvenientes que siempre acarrean los peritajes, los presupuestos y las visitas al taller, que también, sino por un daño colateral más doloroso. Había sido incapaz de evitar aquella columna del garaje pese a su conocimiento del entorno, pese a su experiencia al volante, y pese a todo el despliegue tecnológico de extras que había pagado a precio de oro (ni los sensores de presencia, ni la retrocámara, ni el park-assistant, pudieron sobreponerse al factor humano). Y no hay rasguño más profundo que el del ego.


Redactado para la convocatoria de abril (roce), de Divagacionistas.

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