Trotes

—La hucha de las pensiones se resquebraja. El Gobierno plantea nuevamente la posibilidad de retrasar la edad de jubilación para paliar la situación. Conectamos con nuestra compañera que se encuentra a las puertas del Congreso…

Ese era uno de los motivos por los que no le gustaba ver la televisión al mediodía: casi siempre se le acababa atragantando la comida. Cuando no era un asesinato machista, era un atentado o una guerra, o el cambio climático, o el aumento de precios, o cualquier otra desgracia. De los absurdos cruces de declaraciones entre políticos y de las palabras vacías de las declaraciones institucionales, mejor ya ni hablar: hacía ya tiempo que pasaba de ellos.

Pero en esta ocasión sí que le fastidiaron. Ahora que a él ya le faltaba poco, van y se plantean mantener a la gente más años trabajando e incluso reducir las pensiones. Y, aunque no salga en los medios, ¡hasta hay quien plantea retirarlas! Aunque de momento parece complicado porque ningún partido está dispuesto a asumir el coste electoral que una medida así podría tener.

Estaba tan ensimismado con esas preocupaciones, que ni se había dado cuenta de que sobre el mantel no estaban ya los platos sino el postre.

—¿Qué, papá? ¿Cuándo vamos nosotros a uno de esos? —su hijo lo hizo volver al presente.

Levantó la cabeza para encontrase con una de esas noticias amables con las que suelen cerrar el Telediario, intentando no dejar un poso tan amargo en la retina del espectador. En las imágenes varias personas practicaban escalada, kayak y bicicleta de montaña en un precioso paraje natural. “Campamento deportivo para familias en pleno Pirineo”, rezaba el rótulo en la parte inferior de la pantalla.

—¡Uff, no sé yo! Tu padre no está ya para esos trotes.

Se sumergió nuevamente en sus pensamientos, mientras la cucharilla tintineaba en el pocillo. Pero ya no pensaba en su retiro. Ahora miraba de reojo y se preguntaba qué futuro le esperaba a aquel adolescente, y hasta cuándo estarían ellos en este mundo para protegerlo y para disfrutar de él.

Pasó así unos minutos, sin probar un sorbo del descafeinado, visualizando mentalmente las oportunidades que quedaban. Hasta que volvió en sí y dijo con contundencia:

—Anda, haz el favor, busca ahí en el móvil: actividades multiaventura.


Redactado para la convocatoria de junio (edad), de Divagacionistas.

Taquicardia

Fue sólo un leve roce pero, en cuanto lo sintió, se detuvo bruscamente. Estaba paralizado y taquicárdico. La consciencia de aquella fricción le provocó de inmediato un intenso ardor que ascendió por su espalda, hasta provocarle quemazón en la parte posterior del cráneo. Todo el vello se le erizó de golpe y unas grandes gotas de sudor, como aparecidas de la nada, afloraron en su frente y sus sienes. Cerró los ojos y respiró hondo un par de veces, intentando mantener la calma entre sudores fríos y comprender el torrente emocional que lo invadía. Aunque pareciese extraño, aquel simple y suave contacto, por muy superficial que hubiese sido en el plano físico, le había llegado a lo más hondo de las entrañas.

Levantó los párpados con lentitud, como quien sabe que cuando lo haga empezará a contemplar una nueva fase de su existencia. Todo había pasado tan rápido, y de forma tan inesperada, que antes de hacer nada necesitaba reflexionar sobre ello. ¿Qué significaba aquello para su identidad? ¿Tendría alguna implicación en su vida cotidiana? ¿Se repetiría en el futuro más inmediato?

Abrió la puerta, cabizbajo y avergonzado. Visiblemente nervioso, se dispuso a hacer el balance de daños. Por fortuna, sólo había unos arañazos en la aleta y la esquina de la defensa. Poca cosa. Chapa y pintura, como se suele decir.

Pero dolía. Dolía mucho. Y no sólo por el desembolso económico que habría que hacer, y por los perjuicios e inconvenientes que siempre acarrean los peritajes, los presupuestos y las visitas al taller, que también, sino por un daño colateral más doloroso. Había sido incapaz de evitar aquella columna del garaje pese a su conocimiento del entorno, pese a su experiencia al volante, y pese a todo el despliegue tecnológico de extras que había pagado a precio de oro (ni los sensores de presencia, ni la retrocámara, ni el park-assistant, pudieron sobreponerse al factor humano). Y no hay rasguño más profundo que el del ego.


Redactado para la convocatoria de abril (roce), de Divagacionistas.