Euforia postvacacional

El ding del ascensor al pararse, y el ruido de la fotocopiadora que apareció al abrirse la puerta metálica, pese a ser sonidos familiares e inofensivos, me provocaron un escalofrío en la espalda. Antes de dar la primera zancada hacia el pasillo, cerré los ojos unos segundos e inspiré profundamente: por fin había llegado el momento que tanto esperaba, y que tanto se había ido dilatando en el tiempo. Aún recuerdo cuando el jefe dijo: “Y ahora te vas a coger las vacaciones, y te vas a ir por ahí a disfrutar de la vida, te guste o no”. Y, en contra de mi deseo, no me quedó más remedio que retrasar mi llegada.

Más tranquila ya, me adentré en la oficina, caminando despacio para saborear el momento, revisando con la mirada cada hueco de la estancia en busca de cambios en el local, curioseando en los monitores y pizarras para saber cuanto antes en qué proyectos se trabajaba.

De camino al despacho no me atreví a mirar a los ojos a mis compañeros. No tenía nada de que avergonzarme, más bien al contrario, pero notaba que se estaban fijando en mí, y eso me producía un cierto pudor a ser observada, combinado con una dosis de temor a sus reacciones, a sus primeras palabras. Pero nadie dijo nada.

Llegué a mi puesto, dejé el bolso sobre la silla, y deslicé el dedo por el borde de la mesa, sintiendo la rugosidad de las vetas de la madera, ensimismada en mis recuerdos. Cuando estaba llegando al vade, me di cuenta de que había una caja de lata sobre el escritorio, y una nota sobre ésta. No abrí la caja, pues su contenido era obvio, los dibujos de la tapa desvelaban su contenido: bombones. Pero el sobre sí me intrigaba. Lo cogí, lo abrí lentamente, y saqué una nota, manuscrita, en cartulina. “Ni la radio, ni la quimio, ni nada en la vida, podrá con alguien tan fuerte y especial como tú. Te queremos, bienvenida!”.

Levanté la cabeza emocionada. Todo el mundo en la oficina sonreía, y algunos me guiñaban un ojo. Respondí devolviendo la sonrisa y llevándome la mano al pecho, ¿qué más podía hacer? Sí, algo más podía: abrir la caja e ir repartiendo bombones a todos, al tiempo que los besaba. Nunca imaginé un regreso laboral tan dulce.


Redactado para la convocatoria de septiembre (regreso), de Divagacionistas.

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