Cabezada

—¿Te apetece? —preguntó él mientras jugueteaba con el dedo índice en el trozo de espalda que quedaba a la vista entre las asas del camisón de su mujer.

—Ahora noooo. Quiero descansar —respondió ella al tiempo que, arqueándose y agitando las caderas, se libraba de la mano de su marido.

Tras unos segundos mirando al techo, buscando otra estrategia para lograr siquiera retozar un ratito, rompió la penumbra y el silencio de la habitación con otra pregunta, esta vez con tono lastimero:

—¿Es que no te gusta?

—Esa no es la cuestión: hay cosas que gustan, y mucho, y a veces preferimos dormir… o incluso nos quedamos dormidos haciéndolas.

Con el ego algo dolido por la indirecta, se incorporó levemente apoyando el codo izquierdo en el colchón, e intentó reconvenir a su esposa:

—Eso no tiene sentido. Cuando a uno le gusta algo de verdad, está siempre dispuesto a ello.

Ella se giró para mirarlo a la cara, tiró de su cuerpo hacia arriba hasta quedar sentada, y replicó sin agresividad alguna:

—Pues sí que lo tiene. Por ejemplo, tú siempre dices que te apasiona el ciclismo, cuando hay una carrera importante no paras de hablar de ella, ni permites que nadie toque el mando a distancia a la hora de comer y en la sobremesa; sin embargo cuando te pones a ver el Tour en la televisión, no han empezado a subir el primer puerto y ya estás roncando.

—Pero… eso…

Quiso replicar, esta vez más para justificar la razón de ser de sus siestas, que para intentar despertar la libido en su cónyuge. Pero no encontró un argumento convincente.

—Buenas noches, cielo. Que descanses—se limitó a decir, al tiempo que apagaba las luces del cabecero.

Sin embargo, sería por darle vueltas en la cabeza a esa conversación, o sería por la sobada que había echado por la tarde, él no fue capaz de conciliar el sueño en toda la noche.


Redactado para la convocatoria de junio (dormir), de Divagacionistas.

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