Almuerzo

Ya viene la tacita de leche. Y, además, acompañada de un par de galletitas de esas con forma de animalito y pepitas de chocolate. ¡Bien! Vamos a tomarla.

(…)

¿Cómo? ¿Por qué tengo que esperar? Si está todo ahí, en perfecto estado, a una temperatura ideal, disponible y a mi alcance.

Ah, a que tienes que terminar de poner el resto de cosas en la mesa ¿Y yo mientras qué? ¿Aquí atado en la trona, mirando para ti? Pues es de un atractivo el plan… No sé en qué me beneficia eso a mí.

Ahora que ha vuelto a meterse en la cocina creo que puedo ir cogiéndola ya.

(…)

¡Vale, vale, vale! Que sí, que sí, que ya la dejo. Pero, ¿cuánto es ese momento?

¿Acaso no sabes de sobra que los bebés somos egocéntricos por pura naturaleza, que no tenemos una percepción del tiempo como vosotros los adultos? Además, aunque la tuviéramos, tampoco es que hayas concretado mucho, que digamos. Con esa expresión tan vaga no sé si en unos segundos podré sentir el dulzor en mi boca, o si cuando me des permiso ya voy tener que tomarla fría.

Por no hablar de que, además, tengo hambre, así que un poco de empatía, por favor, y déjame echar ya mi manito a la taza.

(…)

¿Demora de la recompensa? ¿Tolerancia a la frustración? ¿Normas básicas de cortesía? Pero, por dios, ¡si acabo de hacer dos años y medio!

Y en este tiempo no deberías tener queja de mí en lo que se refiere a estar en la mesa. Jamás he volcado un plato de papilla, ni he escupido el puré. No he rehusado probar ninguno de los alimentos en los que me habéis ido introduciendo. Normalmente acabo mi plato sin rechistar. Hasta uso la servilleta yo solito. ¿Qué más queréis?

(…)

Sí, ya, que aprenda a esperar, que me va a ser muy útil en muchas facetas de la vida. Ya me lo habéis dicho muchas veces. Y sí, vale, estoy de acuerdo: intentaré mejorar en el futuro.

Pero, de momento, ¿puedo ir mojando ya en el cacao esa galletita de león?


Redactado para la convocatoria de enero (momento), de Divagacionistas.

Final

Objetivamente parece una pista forestal como otra cualquiera. Simplemente es un carril de sabre ocre de unos tres metros de ancho, con abundante gravilla suelta, y alguna que otra laja salpicando su trazado de curvas suaves y ligera pendiente, pero perfectamente transitable, incluso con un utilitario si es conducido con cierta precaución y destreza. Está flanqueada por el típico bosque de la zona en el que, sobre un espeso manto de helechos, conviven rentables eucaliptos con algunos guetos de pinos y con algún que otro viejo roble —carballo le llaman por aquí–. Entre ellos se adivinan en ocasiones, sobre todo si el observador tiene experiencia, conejos, jabalís e incluso algún zorro. Sirviendo de frontera entre ambos mundos, la franja civilizada y la sábana salvaje, discurren sendos taludes coronados por matas de la maleza autóctona: tojos y silvas. Lo único que tiene de original es su origen y su destino.

Comienza junto a un parque en el que hay un pequeño estanque. Sus inquilinos no se amedrentan con el ruido de la tirolina ni con el jaleo de los críos que se desfogan allí cada tarde. En parte por convivencia, pues patos y niños pueden vivir juntos respetando unas pocas reglas básicas, en parte por conveniencia, porque las sobras del pan de casa, y algún que otro trozo de merienda, son su principal fuente de alimento.

Acaba en donde acaba todo: en el mar. Aunque ya se advierte en las últimas curvas por el sonido de las olas y el olor a salitre, es al final, cuando sólo queda un giro a derecha, cuando el bosque se abre y aparecen dos playas de arena clara separadas por un conjunto de rocas en las que el camino muere.

Y donde también él quería morir. Porque los lugares son depósitos de vivencias, de sentimientos y de significados. Y allí estaban muchos de los suyos, buenos y malos. En tantas décadas lo había recorrido incontables veces: con su abuelo y con su padre; con sus amigos de la infancia y con ligues de juventud; con su novia, más tarde su mujer; con sus hijos y nietos; con su soledad. Era el lugar perfecto para finalizar, para dejar de andar. Para siempre.


Redactado para la convocatoria de octubre (camino), de Divagacionistas.