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Ahí estaba, otro más, detrás de él. La verdad es que ya tardaba. No necesitaba mirar hacia atrás para saberlo. Notaba su presencia, la intuía. Este hecho lo trajo de vuelta al plano terrenal, le hizo abandonar, esperemos que sólo durante un rato y no para la eternidad, su mundo de horizontes, vientos, sudores y ensoñaciones.

Era lo que había, y a priori no le parecía mal, pues siempre fue partidario de compartir espacios, de respetarse mutuamente para intentar vivir juntos y tranquilos. Sin embargo, esa corta espera, aunque de por sí denotaba un atisbo de buenas intenciones, creaba un estado de incertidumbre algo molesto, una especie de: “ojalá pase ya”.

Cada segundo que transcurría en esa situación hacía que, de forma involuntaria, sus nervios se agudizasen. Eso sin tener en cuenta que probablemente la ansiedad de quien le seguía también iría en aumento. ¿Podría, quienquiera que fuese, mantener la calma? A lo mejor no había nada de qué preocuparse, pero cuando la vida está en juego el miedo suele viajar por libre.

Por fin, el ruido del motor a su espalda poco a poco fue aumentando. No pudo evitar mirar de reojo, al tiempo que subían sus pulsaciones pese a que sin querer había reducido un poco el ritmo, y analizar: se separa; nadie de frente; coupé granate; mujer joven; intermitente puesto; se aleja; respeta distancia de seguridad; gracias.

A cambio de unos segundos de polución, el rebufo del coche se llevó consigo temores y desdichas. Él volvió a centrarse en pedaladas y respiraciones, en nubes y reflexiones. Y volvió a esperar otro rumor, otro acercamiento, otro encuentro con alguien que, ojalá, conozca la importancia de ese metro y medio, el significado de esa pequeña distancia de la vida.


Redactado para la convocatoria de mayo (distancia), de Divagacionistas.

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