Caerá

–¡Tranqui tía! Sólo tienes que pensar que es una carrera de fondo.

Ya me caía gorda, pero el escucharla tirar de tópico me repateó. ¡Qué simple lo veía ella, que nunca tuvo que pasar por el trago, y que papá la puso en su consulta en cuanto acabó la carrera! Pero yo, que soy muy educadita, respondí, adornando las palabras con una sonrisa:

–Tienes razón. Y en eso estamos: aguantando.

–Di que sí. Y no te desanimes. O sea, que si no es este, algún año caerá. ¡Suerte guapi, ciao!

Que un año de estos caería. La muy petarda lo soltó como si nada, y se quedó así: tan pancha. Como si fuera fácil aguantar este esfuerzo y este estrés por tiempo indefinido. Como si pudiera una permitirse el lujo de seguir sin curre. Y como si pasar los días de casa a la academia, de la academia a la biblioteca, de la biblioteca a casa, y poco más, fuese una afición. Y ojo, que no me quejo: al menos aún me cae de vez en cuando alguna substitución, porque las facturas y recibos siguen llegando. Y estudiar tampoco es grátis. Pero esas cosas tampoco las sabe la más que pija.

La culpa es mía por haberla saludado. Es más, no debería ni haber salido a tomar el aire y rellenar la botella de agua. En esos diez minutos me habría dado tiempo a hacer otro esquema. Y además me ahorraría esta mala leche, y la desconcentración posterior.

Porque esa fue otra. La conversación me encendió, y luego costó volver al temario. Tuve que respirar hondo e imaginar el objetivo final: algo de estabilidad en la vida, al menos en lo laboral. Con ello en mente, me animé pensando en que va quedando menos, y en que hay que hacer de tripas corazón y seguir dando el callo. Además, la competencia no descansa: un par de mesas más al fondo había un grupito de enfermeras que se dedicaba a lo mismo, y llevaban horas sin sacar los ojos del papel.

Por tanto, serenidad, y buenos apuntes. Cogí el rotulador fluorescente, los bolis de colores, y la regla de subrayar, y continué mi camino:

“Escala de coma de Glasgow. Se trata de una escala neurológica de valoración del estado de alerta y conciencia. Consta de 3 variables…”.


Redactado para la convocatoria de marzo (paciencia), de Divagacionistas.

Free solo

Tumbado en la hierba, intentó relajarse unos minutos. Aunque en realidad no era así, para él parecía no haber nadie en todo el Yosemite: tan sólo escuchaba, debido a sus intencionadamente profundas respiraciones, el roce de la tela de su plumífero. Cada poco abría los ojos para contemplarla, para fijarse en alguno de sus recovecos y dibujarse mentalmente a sí mismo moviéndose sobre ella.

Cuando su mente y su cuerpo se encontraron en la situación adecuada, se incorporó y recorrió con tranquilidad los pocos metros que los separaban. Sí, era posible conquistarla. Mil veces más grande que él, pero sólo era una pared, como tantas otras que había subido. Y además una vieja conocida con la que ya había bailado en más de una ocasión.

Ajustó las tiras de velcro de los pies de gato, y echó las manos a su espalda para alcanzar la magnesera. Tras sacudirlas, acercó un instante su cara a la roca. Parecía como si los dos se estuviesen comunicando, como si se confesasen mutuamente: tal vez él le pedía perdón por retarla, o por dejar en su cuerpo de piedra aquellos rastros de polvo blanco.

Fue entonces cuando su rictus cambió y se encaramó a la vertical. Aunque los primeros largos estaban muy ensayados, empezó con calma, aprovechando aquellas regletas y repisas generosas para quedarse unos segundos en posturas que le permitiesen descansar la musculatura. En ausencia del tintineo de los mosquetones en el arnés, y de compañero de cordada, sólo se oían jadeos y resoplidos: hasta las aves y el viento parecían respetar aquel momento de riesgo máximo.

Poco a poco, sin lanzamientos ni ostentaciones, asegurando los agarres y aprovechando cada grieta y cada rugosidad por milimétricas que fuesen, su ascensión fue ganando metros. Hasta que cuatro horas más tarde, finalizando con un apoyo de talón, pudo empujarse con los antebrazos en la pequeña superficie de la cumbre.

De pie, aquel capitán en lo alto de El Capitán, miró al horizonte primero y luego a sus extremidades despellajadas y sangrantes. Luego sonrió, y fue como si despertase. Alzó los brazos al tiempo que emitía un profundo chillido de desahogo. Desde el valle los aplausos se repetían tras los prismáticos: eran para ambos.


Redactado para la convocatoria de febrero (piedras), de Divagacionistas (y dedicado a Alex Honnold).

Cucharita

La noche en la fábrica ha sido movidita, y llego algo más que destemplada. No tomo nada porque tengo más sueño que hambre, así que voy directa al dormitorio. Subo las escaleras descalza y entro en el cuarto sin hacer ruido: falta poco para que suene su despertador, y quiero que lo aproveche, que no se desvele y vaya luego conduciendo con sueño antes de la salida del sol.

Me acerco a la cama y, con la sola claridad de las farolas que entra por las rendijas de la persiana, voy desnudándome. Lo normal con este tiempo sería ponerse un pijama bien gordo, sacrificar el glamour y la sensualidad ante el confort de la felpa. Y también ponerse unos calcetines, unos de esos “de dormir”. Pero no voy a andar ahora rebuscando en el armario. Dejo la braguita puesta, me libero del sujetador, y sólo me cubro con una camiseta de algodón, de propaganda, que espera destino sobre el respaldo de la silla.

Los segundos que pasan hasta que, levantando el nórdico de plumas lo menos posible, me meto en el sobre, se me eriza toda la piel. Luego el contraste térmico es brutal, pero la sensación de placer se demora porque tengo el cuerpo todavía gélido. En posición fetal, froto un pie contra el otro y junto las manos entre los muslos, pero no es solución: no se puede dar lo que no se tiene, y a cualquiera de mis extremidades les falta temperatura.

Sin embargo a mi lado tengo una estufa humana. Así que me deslizo sobre la sábana buscando su irradiación, pero deteniéndome a unos centímetros para no hacerlo entrar en shock con un posible contacto. Pero es él el que, sin decir nada, culmina el acercamiento. Me gira suavemente y, sin estremecerse ni rehuir la frialdad de mi piel, echa su brazo derecho sobre mi torso, pega su pecho y su pubis a mi espalda y mi trasero, y hace de nuestros muslos uno. Un gustoso escalofrío me recorre de arriba a abajo. Justo entonces, envuelve mis pies con sus piernas de forma que mis plantas reposen sobre los suyos. Su calor me inunda. Y su cariño.


Redactado para la convocatoria de enero (frío), de Divagacionistas.

Secuestrados

–¡Déjalo salir sano y salvo, y después hablamos, que seguro que podemos llegar a un acuerdo!

En el interior del templo la voz del sargento sonaba todavía más metálica que recién salida del megáfono. Esa artificialidad acentuaba la sensación de mentira, esa que tanto odiaba.

–Hágale caso, hijo… y baje el arma. En unas fechas como estas seguro que estaría mejor cenando con sus seres queridos, al igual que todos esos policías que están ahí fuera.

–¡No me jodas, pater! Y no me hables de fechas, que esa es otra: con el calendario también hacéis lo que os sale de los cojones.

–Le aseguro que no sé de qué me habla. ¿Le incomoda la navidad?

–Me toca los huevos vuestra puta manía de meteros en la vida de los demás, y de… de.. ¡de querer sacralizarlo todo!

El cura dio un paso atrás al ver los aspavientos que hacía con la escopeta, pero se atrevió a dialogar:

–¿Se refiere al calendario Gregoriano?

–¿Me tomas por tonto? Si sólo fuese eso. Mira, he leído algo más que el catecismo. Por ejemplo: ponéis en el santoral a san José Obrero para quitarle protagonismo a los Mártires de Chicago y al sindicalismo. O lo de estos días: afirmáis que el nene nació el 25 porque se os dio por cristianizar los cultos paganos del Sol invictus… y, por culpa de esa mierda, ahora hasta el calendario escolar está condicionado por vuestros ritos.

Desde el exterior volvieron a sonar palabras falsas:

–¡Llamaremos al ministerio para hablar de esas peticiones sobre el Concordato cuando no tengas rehenes! ¡Dinos algo!

Se acercó a un vitral y gritó:

–¿Rehenes? La historia, las leyes, la sociedad: todo a su antojo. ¡La Iglesia es la que nos tiene secuestrados, a todos! Pero algunos no padecemos…

Cayó al suelo sin poder acabar su frase sobre el Síndrome de Estocolmo, interrumpido por una detonación, un zumbido, una cristalera rota, y su sangre manchando la fría piedra de la pequeña capilla de San Judas Tadeo. Allí se acababa para él aquella noche. La más larga. La última. Porque en lo que se refiere a la vida no hay segundas oportunidades: ni para los laicos ni para los creyentes.


Redactado para la convocatoria de diciembre (solsticio de invierno), de Divagacionistas.

En unas cajas

Subió el conmutador general del cuadro eléctrico. No le hacía falta, porque conocía al dedillo cada rincón de aquella casa, pero ya tenía pocas ganas de estar allí, como para además llevarse un golpe contra algún mueble por caminar en penumbra.

Tiró con fuerza de la roída correa de una persiana, casi deseando que se rompiese y así tener una excusa para marcharse ya, y abrió la vieja galería de madera del fondo del salón, para ver si así se disimulaba algo aquel olor a humedad, a cerrado, a pasado. Retiró la sábana que cubría el sofá, e inmediatamente empezó a estornudar. La visión al trasluz de aquellas partículas flotantes, mezcla de polvo y de sus propios fluidos, lo agobió todavía más. ¿Qué demonios hacía él allí? Ahora que su familia ya no podía decir nada, ¿no sería más fácil poner la casa a la venta, con todo su contenido, a través de una inmobiliaria, y olvidarse de problemas?

Subiendo al primer piso, pensaba en el sinsentido de tener que seguir pagando el alquiler y los gastos de su cómodo y cálido apartamento en el centro, mientras se mudaba, por tiempo indefinido, a la antigua y fría casona.

Ya arriba, entró en la que había sido su habitación durante más de veinte años. Las marcas de las paredes delataban la anterior presencia de pósteres. Encima del somier desnudo había varias cajas de cartón, cerradas por el simple método de entrecruzar las solapas superiores. Aguzó la vista mientras accedía a la que estaba más a mano, y sus ojos no tardaron en abrirse exageradamente: el Tente, un montón de Playmobil, los puzzles que venían con aquella revista… Sin acabar de vaciarla, abrió otra con nerviosismo: las barajas de naipes de motos, la colección de Guisval en aquella bolsa de tela que le había hecho su madre —y que todavía llevaba su nombre bordado—, ¡y el Escalextric!

Levantó la cabeza, miró en derredor con una sonrisa de oreja a oreja, y dejó el resto de cajas para otro momento. Quería empezar cuanto antes: había mucho que recuperar, mucho que arreglar, y no todo era bricolaje.


Redactado para la convocatoria de noviembre (reencuentro), de Divagacionistas.