Privilegio

Tras entornar la puerta para reducir la posibilidad de miradas indiscretas —porque tampoco pretendía eliminarla de todo, por lo que pudiera surgir—, y antes de empezar a desnudarse, puso una playlist en su teléfono móvil.

Con los acordes iniciales del primer tema, la camiseta ya pendía de sus dedos índice y anular, hasta que, con un giro juguetón de muñeca, la dejó caer al suelo. Y justo cuando la letra se abría paso entre la melodía, un par de expertos movimientos convirtieron el que hasta entonces había sido un ceñido pantalón en una suerte de infinito tridimensional de tela arrugada. Se miró en el espejo: así, solo con la ropa interior y los calcetines, parecía más joven. Sonrió, puede que por ese pensamiento, o tal vez por anticipar el inminente momento de regocijo.

Aunque la habitación estaba caldeada, en ese impasse su piel se erizó, y trató de calmarla frotándose los antebrazos con las manos contrarias. Incluso así, no se apresuró en decidirse, desembarazarse de las prendas que le quedaban, y dar un paso al frente. Tuvo que ser un escalofrío quien le dijese: avanza, ha llegado el momento.

La sensación inicial fue impactante pero agradable, e inmediatamente se convirtió en un goce absoluto. Arqueando la columna e inclinando la cabeza, al tiempo que giraba el cuerpo, procuraba que ni un centímetro de su anatomía quedase sin satisfacción. Luego se quedó inmóvil un par de minutos, con la cabeza baja: simplemente dejando que el chorro le acariciase la nuca y la espalda. Un leve gemido escapó de sus labios: desearía prolongar esa sensación eternamente.

Fue entonces cuando su mente no pudo evitar pensar en que aquello era un privilegio. Algo que, por desgracia, millones de personas en el mundo no podían disfrutar, por pobreza o por escasez de agua —si es que ésta algo distinto a la pobreza es—.

De un manotazo, en contraste con la lentitud que había desplegado hasta entonces, cerró el grifo. Agradeciendo su fortuna por estas, algunos dirán pequeñas, cosas del día a día, adoptó una resolución: las duchas podían ser igualmente gustosas sin necesidad de recrearse.

Se agachó para escurrir un poco el pelo, y echó mano de la toalla. Estaba tan suave.


Redactado para la convocatoria de abril (placeres), de Divagacionistas.

Un balón

Al alzar el balón ante mi cara, y quedar por unos segundos su cabecita oculta a mi vista, la voz parecía provenir de aquella pelota por cuyos laterales asomaban dos pequeños guantes de portero verdes y amarillos. La pregunta fue breve y simpática, típica de quien no domina todavía un idioma, y el tono no podía ser más meloso:

–¿Me tiras unos tiros, porfi?

La verdad es que en aquella calurosa sobremesa lo que me pedía el cuerpo no era movimiento, sino un ratito de siesta. Además de por lo copioso de la recién acabada comida, porque los últimos problemillas de salud habían hecho aumentar esa ya habitual sensación de fatiga crónica. El único motivo por el que todavía no me había retirado al sofá era para verlos un poco más antes de que se volviesen a la ciudad.

Y es que la niña y su pareja cada vez vienen menos, y aun por encima algunas veces no traen a los críos. No los culpo, es normal: tienen su vida y sus obligaciones, y los críos también. Lo importante es que allá son felices y no tienen grandes problemas: una tranquilidad para mí.

Pero soy consciente de que no puedo desaprovechar oportunidades, porque, ¿cuántas veces más se dará esta situación antes de que yo me marche, o de que la salud no me respete lo suficiente como para poder disfrutarla? No soy hipocondríaco ni pesimista, pero, ¿cuántas? ¿40 o 50? Pueden parecer muchas, pero no lo son cuando hablamos de cosas como estar toda la familia junta alrededor de la mesa, o de ver corretear a los nietos por la finca.

Por eso, cuando bajó los brazos y vi esa ilusionada sonrisita, pese al cansancio, pese al dolor de cadera, pese a mi apatía por el fútbol, pese al riesgo de hacerme daño, solo pude responder, al tiempo que me incorporaba:

–¡Pues claro! A ver si soy capaz de meterte algún gol, que me han dicho un pajarito que eres muy bueno.


Redactado para la convocatoria de febrero (escasez), de Divagacionistas.