Vejez

Aquella fotografía se lo reveló con toda su crudeza. “¿Quién me mandaría a mí haber ido a la cena de empresa?”, se preguntó. Era solo un mecanismo de defensa para desviar el foco de lo que allí se evidenciaba.

Lo cierto es que, ya desde antes de sus recién cumplidos cuarenta, había indicios de lo que estaba pasando: elegía el ascensor más que las escaleras; era incapaz de ver el telediario sin refunfuñar ante cada noticia; las digestiones se habían vuelto más pesadas, y las visitas médicas más frecuentes; e incluso a la hora del sexo, pese a que le encantaba, le costaba ponerse en situación. Pero él no lo veía, o no lo quería ver. Hasta que su índice pulsó dos veces en el teléfono, y la imagen que le había llegado al grupo de WhatsApp se amplió en la pantalla.

Apartando la vista, en un burdo intento de culpar al mensajero, insultó mentalmente a la persona que había tomado la instantánea con ese plano, especialmente por haber usado un ángulo picado (totalmente normal cuando alguien que está en pie encuadra a los comensales que están en los postres).

Y volvió a fijarse en la imagen. Ahí estaban, varios compañeros y compañeras, jóvenes y bien parecidos, o eso creía en ese momento, y en el medio él. Su rostro sonriente estaba coronado por una frente más amplia de lo que recordaba, en la que dos grandes entradas, perfectamente simétricas y surcadas horizontalmente por las primeras arrugas, casi contactaban con la zona del cogote en la que el blanquecino cuero cabelludo se dejaba entrever a través de la capa de pelo cada día más rala.

Lo que tenía ante sus ojos no era distinto de lo que aparecía en el espejo cada mañana cuando se preparaba para salir de casa, pero el hecho de verlo así, estático, inmortalizado, intensificaba la percepción de una realidad: había llegado, y para quedarse.

Resignado, salió de la aplicación y guardó el aparato en el bolsillo delantero de sus vaqueros. Al menos, no tenía canas.


Redactado para la convocatoria de dicimbre (entrada), de Divagacionistas.

Curling

Solo un par de minutos. Por apoyar un poco la espalda y descansar las cervicales antes de volver a la faena, que urge.

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¿A ver qué echan? ¡Puaj!, los del corazón están a todas horas, da igual cuando la enciendas. Y además tienen un guirigay ahí montado… Vade retro.

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¿Y aquí qué? Otros a los que también les llega: los todólogos. Y además está el impresentable ese. Sabrá de muchos rollos políticos y económicos, pero desde luego de comportarse, poco. Aunque creo que esos malos modos en parte son fingidos, y que esas posturas radicales son mera provocación. Todo espectáculo: irritante, pero simplemente show. En fin, que les den.

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La verdad es que si me inclino y pongo los pies en el reposabrazos, estaré algo más cómodo mientras zapeo este ratito.

(Clic, clic)

En la autonómica ya ni paro. Total estarán poniendo un reportaje sobre la belleza de nuestros pueblos y paisajes, o algún programa especial desde una fiesta gastronómica. ¡Qué cansinos!

(Clic, clic)

¡Ostrás, qué mítica! Aunque deben tener ya la cinta gastada, porque ésta la han puesto, solo en este canal, veinte veces como mínimo. Y aún está empezando. Me quedo a verla: total, creo que entera no llega a la hora y media. Eso sí, voy a echarle la mano a la mantita, que así me va a prestar más.

(…)

¡Joder, qué pronto dan descanso aquí! Paso de los anuncios, que no tengo yo tiempo de estar viendo publicidad.

(Clic, clic)

Siempre nos quedará Teletenis, digo, Teledeporte. Salvo las noches de los domingos y lunes, que se ponen en el plan chiringuito futbolero ese, y hacen resúmenes de los partidos que duran más que los encuentros reales en sí.

(Clic)

¡Toma, qué suerte: curling! Como mola, es super original y entretenido: parece que solo están fregando el hielo, y fijo que es la leche de complicado. Pues paso de Stallone, que además esto no hay muchas ocasiones para verlo.

Aunque ya que estoy tumbado, si me da el sueño, me dejo ir. Que total a mí este deporte ni me va ni me viene.


Redactado para la convocatoria de septiembre (pereza), de Divagacionistas.

Senderismo

Desde la explanada de tierra que servía de aparcamiento al gran panel de madera que marcaba el inicio, delegó varias tareas pendientes, reenviando algunos correos electrónicos recién llegados a su bandeja de entrada, y confirmó su asistencia a un par de reuniones mediante la agenda electrónica.

Leyó con atención las indicaciones sobre la ruta, prestando especial atención al mapa y los consejos de seguridad, y la información complementaria ilustrada con fotografías, ya descoloridas: flora y fauna, historia y folclore de la zona…

Aunque ya estaba perfectamente equipado, y veía perfectamente el camino empedrado que, apuntando al noreste, arrancaba hacia la cumbre, se demoró un rato. Esperaba a que su GPS cogiera satélites y se sincronizase con su aplicación deportiva: solo cuando el verde iluminó la pantalla y apareció el ready, dio el primer paso.

Los primeros kilómetros los recorrió en modo automatismo, cabizbajo y con los pulgares enganchados en las correas de la mochila. Al aumentar la pendiente y volverse más roto el terreno, se vio obligado a ayudarse de los bastones para superar los escalones, e incluso de las manos para trepar alguna roca; también a centrarse más para descifrar la traza, cada vez menos evidente, localizando en la distancia los montoncitos de piedras que servían de hitos.

Aprovechando un recodo que dominaba el valle, hizo una pausa para recuperar el resuello. Sacó el teléfono, abrió su red social favorita, y tecleó:

–Nada mejor para recargar batería, que una mañana disfrutando de la naturaleza 😉 #Senderismo #OutdoorLife.

Para compartir aquella maravillosa vista con sus seguidores (con los virtuales, porque en esa zona de la montaña no había nadie más), activó la cámara, se colocó hacia el precipicio, y alzó el brazo para tomarse un selfie. Dio un paso atrás para que los picos nevados en el horizonte apareciesen en el encuadre junto a su rostro. Antes de que pudiese presionar el botón, notó como perdía pie y se golpeaba con los salientes de la pared.

Cuando recuperó la conciencia, viéndose en el fondo del barranco y con varias lesiones de gravedad, inmediatamente buscó el móvil para llamar al 112, pero se había perdido en la caída. Hubiese cobertura allí o no, ahora sí estaba en proceso de desconexión.


Redactado para la convocatoria de julio (desconectar), de Divagacionistas.