Pocoyo

Era incómodo, y hacía muchísimo calor allí dentro. Además, entre que apenas se veía el exterior, y que costaba coordinar los movimientos, por momentos se hacía peligroso vestirlos. Y, la verdad, a veces las actuaciones eran un poco vergonzosas. Pero era lo que tocaba para sacarse un dinerillo y poder compatibilizar trabajo y estudios.

Aunque a sus padres non le gustaba aquello. Con lo listo que era y las ideas que tenía, con su buen expediente académico —de las mejores notas de su promoción en el doble grado en Económicas y en Administración y Dirección de Empresas—, siendo como era tan buena persona, no entendían que su hijo se metiese en aquellos exagerados disfraces e hiciese ridículos bailes, saludos y poses. Y por cuatro perras, además. De ahí que insistiesen en que lo dejase, en que buscase un trabajo más digno, más propio de un joven tan prometedor.

Al principio esos reproches familiares hacían mella en él, pero al poco empezó a responder a ellos siempre con la misma afirmación: tengo un plan. Y así debía ser, porque tras unos meses de hacer fiestas infantiles y la BBC (bodas, bautizos y comuniones), donde básicamente tocaba enfundarse personajes Disney y otros dibujos animados televisivos y cinematográficos, pasó a dedicarse más a interpretar a todo tipo de animales y muñecos en eventos empresariales, galas culturales y competiciones deportivas. En un par de años, ya estaba contratando estudiantes para meterse en aquellos pesados trajes de fieltro y espuma, mientras él se centraba en tareas no menos molestas como publicitar sus servicios y crear una cartera de clientes. Luego vino la incorporación al equipo de animadores socioculturales, publicistas y diseñadores, y con ello el salto a los medios de comunicación y la digitalización del producto.

Ahora es el CEO de una empresa de marketing y branding especializada en mascotas corporativas, que factura millones de euros al año, y de la que han salido muchos de los animalillos que vemos a diario en los anuncios de aseguradoras, agencias de viajes, alimentación, etc. Tal vez uno de los secretos de su éxito sea precisamente que antes de tomar una decisión relevante, lanzar una campaña, o estampar su firma en un contrato, siempre recuerda sus inicios. Y es consciente de que, hasta hace poco, él mismo era en parte Pocoyó.


Redactado para la convocatoria de mayo (mascotas), de Divagacionistas.

Adapcapciones

Al día siguiente no vivió nadie.

Las intermitencias de la muerte. José Saramago.

The work is a vampire.

Bullet with Butterfly Wings. Smashing Pumpkins.

Cuando, tras unos sueños intranquilos, Gregor Samsa despertó esa mañana, se encontó convertido en una enorme persona.

La metamorfosis. Franz Kafka.

Colombianos

—Al final, los colombianos estos aún van a ser como los esquimales.

—No sé a qué se refiere, jefe.

—¿No dicen que los esquimales tienen cien palabras diferentes para llamar a los distintos tipos de nieve? Pues estos cabrones, seguramente también: según lo pura que sea, según la plantación de la que provenga, según el beneficio que le saquen… —hablaba sin levantar la vista de la mesa ni parar de contar billetes.

—Me perdone, pero he oído que eso no es verdad —el tono del patrón traslucía un cierto temor a llevarle la contraria.

—¿Lo qué? Da igual, déjalo, sea por unos o por otros, eso que se pierden. Nosotros sin embargo sí que tenemos un montón de palabras para la lluvia… y a la vista de estos fajos está claro que ayer aquí sí que precipitó, pero a base de bien. ¡Una buena arroiada… de fariña y de cuartos! —la frase acabó con una risotada y una mirada de complicidad entre ambos.

Todavía tardaron un buen rato en acabar cada uno su faena: el uno, lubricar los motores, llenar el depósito, y cubrir la planeadora con una lona; el otro, ayudándose de unas gomitas, hacer pequeños cilindros de un millón cada uno, calcular el montante total, y separarlo en varias mochilas y cajas, como era costumbre para facilitar luego su reparto.

Mientras arrastraron la enorme puerta corredera de la nave que usaban como escondrijo, en la que podía leerse Efectos Navales Meco, y se despidieron, no repararon en la vieja furgoneta de una supuesta panadería que estaba aparcada a unos metros, en una explanada en penumbra. En su interior dos cabos de la Guardia Civil rebobinaban la cinta de la grabadora y tomaban fotos de los sospechosos. Estaba claro que, antes o después, en Galicia siempre se está a punto de tener que gritar, ¡agua!


Redactado para la convocatoria de enero (nieve), de Divagacionistas.

Jardín

—No lo dudes, si puedes, cómprala: te cambiará la vida —afirmé con rotundidad.

—¡Uf! Es una pasta de narices. ¿No será mejor meterse en una casa, que eso es para siempre?

Quise contarle cuanto me arrepentía yo de no haberla pillado antes, pero la idea me retrotrajo a mi historia de idas y venidas.

Dejé el nido familiar cuando me fui a la capital a estudiar la carrera, lo que supuso varios años de piso compartido de estudiantes. No lo pasé mal, pero obviamente era algo provisional. Una etapa a quemar.

Justo después, tras incorporarme al mundo laboral, tuve la que fue mi primera pareja de verdad, y nos animamos a la convivencia: primero en un pisito de alquiler, y más tarde, al ver que la cosa duraba y trabajo no faltaba, nos mudamos, hipoteca mediante, a una moderna urbanización en las afueras. Pero ni la piscina ni la pista de pádel pudieron camuflar que cuando algo no funciona, no funciona.

Así que liquidé todo, pasé el trago de la separación, y volví a mis orígenes. Pero después de años de independencia no quería volver a dar explicaciones a mi familia, así que tras unos meses de alquiler, los que tardó la constructora en finalizar el ático que compré sobre plano cerca del pueblo, hice la que pensaba sería la última mudanza, la última transición, el último cambio de lugar, el último trasiego de subir y bajar cajas, maletas, muebles… y emociones.

—Además tanto tiempo ahí, un poco como un jipi o un yanqui, tiene que ser incómodo por lo pequeño ¿no? —comentó, sacándome del ensimismamiento—.

—Mira, hay autocaravanas que son más grandes y lujosas que muchos pisos. Y desde luego, por falta de jardín no será…

Su sonrisa dejó claro que había entendido la ironía.

—Entonces, ¿valdrá la pena?

—Depende. En mi caso sentía que el apartamento era mi casa, pero no mi hogar; que cada vez tenía más objetos pero menos experiencias. Y ahora sé que mi sitio no está un lugar concreto, que mi casa son mis lecturas, mis paisajes, mis paseos, mi gente…

Decir algo así en alto me hizo ser más consciente. Y me alegré de haber sido valiente, de haber optado por una casita con ruedas, de poder disfrutar del sendero que caminé hoy y de la carretera que recorreré mañana.


Redactado para la convocatoria de diciembre (hogar), de Divagacionistas.