Cacharelas

Cuando se pusieron con el «mouchos, coruxas, sapos e bruxas», ya me olí que iba a acabar pasando algo. Si con las birras ya llevaban un buen contentillo, no era necesario ponerse a hacer mezclas. ¿Querían queimada? Pues ahí tienen: siete tazas. Por gilipollas.

A ver, que hay que reconocer que en el fondo fue mala suerte: un simple tropezón, en el peor momento. Pero también, es que se las buscan. No les llegaba con saltar de un lado a otro cuando la llama menguase algo, o cuando quedasen solo las brasas –que para la escasa efectividad del ritual, por mucho “meigas fóra” que se grite, como acaba de quedar demostrado, lo mismo les valía–. No, tenían que hacerlo los dos a la vez, y cuando más viva ardía.

Fijo que fue por ver quién se ganaba la atención de la guiri del bikini de franjas amarillas, porque hasta que ella no se acercó a la hoguera, estaban chistosos pero comedidos. Y mira, al final no como pretendían los machitos, pero impresionar sí que la han impresionado. De hecho la pobre chavala aún sigue llorando. Menuda imagen se llevará de recuerdo, y a saber qué cuenta de nosotros cuando vuelva a su país del Erasmus, del Camino, de las vacaciones, o de la mierda que esté haciendo aquí.

Y el iluminado del primo, en vez de actuar, diciendo chorradas. Hasta soltó que podíamos llevarlos a la orilla, ¡para que se refrescasen en el agua! ¡Y agua salada, flipa! La sociedad se ha perdido un gran médico; mejor así. ¡Llama al 061 o al 112, artista! ¿O no te dan las luces para ver que es grave y no se cura soplando y sacando el Silvaderma? Y si no vas a usarlo para algo útil, ¡guarda el puto móvil, joder, que no es momento de likes! Le voy a soltar un remo…

Bueno, ahora a tranquilizarse… y a esperar. Viendo la de veces que han pasado a toda caña las luces de los bomberos y los munipas, es seguro que hay un huevo de incidentes y que la ambulancia tardará un rato. Al final se nos va hacer larga esta noche tan corta. Y a ellos más.


Redactado para la convocatoria de junio (solsticio de verano), de los Divagacionistas.

El configurador

–Encantados de que deposite su confianza en nuestra marca: esta decisión no le defraudará.

(…)

–Perfecto, ya que tiene claro el modelo, podemos iniciar el configurador: verá los cambios en esta pantalla.

(…)

–Lo primero es escoger motorización: tenemos las versiones gasolina, diesel, e híbrida.

(…)

–Pues sí, si tiene previsto ese kilometraje al año, compensa esa. ¿Y qué potencia sería? Hay la HDI de 136 y la de 175CV, y la Sport de 230CV.

(…)

–Hace bien, siempre es necesario algo de reprise. ¿Y los interiores? Ahí tiene dos opciones: Dynamic, que viene con todos los sensores y ayudas a la conducción, o Ultra Drive, que trae lo mismo y a mayores climatizador trizona digital, y salpicadero, paneles y asientos en cuero y carbono.

(…)

–A mayores puede ponerle alguna opción más si lo desea, para adaptarlo más específicamente a sus necesidades. Elija de esta extensa lista de extras disponibles, que además algunos están en oferta ahora mismo.

(…)

–Bien, navegador y baca, anotado queda. ¿Desea ruedas de 17 o de 18 pulgadas? Por cierto, que un coche como este pide unas llantitas de aleación en lugar de tapacubos. Fíjese que variedad de tamaños y diseños tenemos en catálogo. Además también puede encargarlas con neumáticos de otro perfil o tipo de goma.

(…)

–Sí, sí, ya queda poco: faltan los exteriores. ¿Alguna preferencia de color? En estos desplegables puede ver las gamas brillo, metalizada, y bitonal; también hay la gama aniversario, con decoraciones especiales.

(…)

–La verdad es que así queda muy bonito, y original además. ¿Quiere algún pack de acabados? La diferencia está en los faldones y pases de rueda, la unión de la luneta trasera con el portón, y la parrillas y las defensas. Mire: el Xcite, le da un aire muy deportivo, el Tourism aporta un toque señorial, y el Cross Mountain es más campero.

(…)

–Antes de acabar, ¿quisiera contratar algún tipo de servicio complementario? Seguro todo riesgo, garantía extendida, protección del carné, asistencia premium…

(…)

–Entiendo que esté cansado, tiene toda la razón. Esperamos a que la aplicación procese los últimos datos… y listo: quedaría en esto.

(…)

–¡Ah!, pues me temo que no es posible: este importe es una promoción en caso de financiación.

(…)

–Lo siento, pero pagando en mano no saldría a ese precio. Podemos volver a empezar y… ¡Oiga! ¡Disculpe!


Redactado para la convocatoria de mayo (elecciones), de Divagacionistas.

Abrirse

Le dio bastante trabajo ir convenciéndola con alegatos sobre la libertad sexual, el goce de los sentidos, la importancia de la libido en la convivencia… Y eso que no era una mojigata, de esas de sólo misionero y luz apagada. Pero él creía que no tenía su misma madurez sexual ni sus ganas de experimentar.

Así que un día, tras unas maniobras carnales de estilo rutinario culminadas en un orgasmo placentero e inusualmente simultáneo, se armó de valor y soltó su propuesta final, con la que lograría que ampliasen su repertorio amoroso: irían juntos a un sex-shop, y cada uno compraría un artículo erótico pensando en el otro, con el compromiso de incorporarlo a sus prácticas de alcoba.

Pero las tornas cambiaron cuando fueron a aquella tienda. Nada más entrar, el supuesto gurú del sexo se fue amilanando, especialmente en el pasillo del instrumental fálico, en el que sólo veía rivales amenazantes y posibles agravios comparativos. Mientras, a la chica tímida se le iluminaban los ojos ante aquel voluptuoso festival de formas y colores, echaba la mano a todos los expositores de juguetes y de material sado, probaba correas y máscaras, se interesaba por todas las esencias y lubricantes…

Al reunirse en el mostrador, él se adelantó, en un intento de recuperar la iniciativa, ofreciéndole una caja de cartón con un lateral transparente que contenía un intencionadamente pequeño y delgado vibrador negro.

–¡Qué chulo, gracias! -dijo ella dándole las gracias con un beso-. Además es una buena elección porque podemos usarlo los dos para explorar.

Su rictus cambió. ¿Qué intentaba decir con aquello? ¿Estaba sugiriendo lo que parecía? Porque una cosa era romper la rutina, y otra distinta abrirse a terrenos que no querían ser explorados.

Intentando apartar esos pensamientos que le hacían sentirse sucio, recibió de manos de ella una pequeña caja cúbica de metacrilato. En su interior, un pequeño objeto lila. Ante su cara de ignorancia, intervino ella sonriente:

–Se pone así, ves –hizo un gesto arrimando aquella cosa a su pubis–. Es un anillo de pene: esta parte de aquí comprime, y así ayuda a mantener la erección y retrasar la eyaculación… y con estas orejitas de aquí podrás estimular mi clítoris. ¿A que mola?

Aquello era el colmo. Pensó que se había pasado de ampliar el horizonte sensual a cuestionar su hombría, y soltó, serio:

–Cariño, tenemos que hablar.


Redactado para la convocatoria de abril (anillos), de Divagacionistas.

Caerá

–¡Tranqui tía! Sólo tienes que pensar que es una carrera de fondo.

Ya me caía gorda, pero el escucharla tirar de tópico me repateó. ¡Qué simple lo veía ella, que nunca tuvo que pasar por el trago, y que papá la puso en su consulta en cuanto acabó la carrera! Pero yo, que soy muy educadita, respondí, adornando las palabras con una sonrisa:

–Tienes razón. Y en eso estamos: aguantando.

–Di que sí. Y no te desanimes. O sea, que si no es este, algún año caerá. ¡Suerte guapi, ciao!

Que un año de estos caería. La muy petarda lo soltó como si nada, y se quedó así: tan pancha. Como si fuera fácil aguantar este esfuerzo y este estrés por tiempo indefinido. Como si pudiera una permitirse el lujo de seguir sin curre. Y como si pasar los días de casa a la academia, de la academia a la biblioteca, de la biblioteca a casa, y poco más, fuese una afición. Y ojo, que no me quejo: al menos aún me cae de vez en cuando alguna substitución, porque las facturas y recibos siguen llegando. Y estudiar tampoco es grátis. Pero esas cosas tampoco las sabe la más que pija.

La culpa es mía por haberla saludado. Es más, no debería ni haber salido a tomar el aire y rellenar la botella de agua. En esos diez minutos me habría dado tiempo a hacer otro esquema. Y además me ahorraría esta mala leche, y la desconcentración posterior.

Porque esa fue otra. La conversación me encendió, y luego costó volver al temario. Tuve que respirar hondo e imaginar el objetivo final: algo de estabilidad en la vida, al menos en lo laboral. Con ello en mente, me animé pensando en que va quedando menos, y en que hay que hacer de tripas corazón y seguir dando el callo. Además, la competencia no descansa: un par de mesas más al fondo había un grupito de enfermeras que se dedicaba a lo mismo, y llevaban horas sin sacar los ojos del papel.

Por tanto, serenidad, y buenos apuntes. Cogí el rotulador fluorescente, los bolis de colores, y la regla de subrayar, y continué mi camino:

«Escala de coma de Glasgow. Se trata de una escala neurológica de valoración del estado de alerta y conciencia. Consta de 3 variables…».


Redactado para la convocatoria de marzo (paciencia), de Divagacionistas.

Free solo

Tumbado en la hierba, intentó relajarse unos minutos. Aunque en realidad no era así, para él parecía no haber nadie en todo el Yosemite: tan sólo escuchaba, debido a sus intencionadamente profundas respiraciones, el roce de la tela de su plumífero. Cada poco abría los ojos para contemplarla, para fijarse en alguno de sus recovecos y dibujarse mentalmente a sí mismo moviéndose sobre ella.

Cuando su mente y su cuerpo se encontraron en la situación adecuada, se incorporó y recorrió con tranquilidad los pocos metros que los separaban. Sí, era posible conquistarla. Mil veces más grande que él, pero sólo era una pared, como tantas otras que había subido. Y además una vieja conocida con la que ya había bailado en más de una ocasión.

Ajustó las tiras de velcro de los pies de gato, y echó las manos a su espalda para alcanzar la magnesera. Tras sacudirlas, acercó un instante su cara a la roca. Parecía como si los dos se estuviesen comunicando, como si se confesasen mutuamente: tal vez él le pedía perdón por retarla, o por dejar en su cuerpo de piedra aquellos rastros de polvo blanco.

Fue entonces cuando su rictus cambió y se encaramó a la vertical. Aunque los primeros largos estaban muy ensayados, empezó con calma, aprovechando aquellas regletas y repisas generosas para quedarse unos segundos en posturas que le permitiesen descansar la musculatura. En ausencia del tintineo de los mosquetones en el arnés, y de compañero de cordada, sólo se oían jadeos y resoplidos: hasta las aves y el viento parecían respetar aquel momento de riesgo máximo.

Poco a poco, sin lanzamientos ni ostentaciones, asegurando los agarres y aprovechando cada grieta y cada rugosidad por milimétricas que fuesen, su ascensión fue ganando metros. Hasta que cuatro horas más tarde, finalizando con un apoyo de talón, pudo empujarse con los antebrazos en la pequeña superficie de la cumbre.

De pie, aquel capitán en lo alto de El Capitán, miró al horizonte primero y luego a sus extremidades despellajadas y sangrantes. Luego sonrió, y fue como si despertase. Alzó los brazos al tiempo que emitía un profundo chillido de desahogo. Desde el valle los aplausos se repetían tras los prismáticos: eran para ambos.


Redactado para la convocatoria de febrero (piedras), de Divagacionistas (y dedicado a Alex Honnold).