Colores

Apoyó sonoramente los cubiertos en la mesa, intentando disimular una clara indignación. La insinuación le sentó peor que el vaso de agua fría que había bebido encima de la crema de calabaza que degustaron de primero.

–¡Ni TOC, ni TAC, ni leches! Es una costumbre como otra cualquiera –afirmó contrariado.
–Tranquilo, no te lo decía por mal. Simplemente me llama la atención tu manía de…
–De manía nada –la cortó antes de que siguiera por ese camino–. Una costumbre como otra cualquiera.

Había ido a ese restaurante para encontrar a alguien que lo comprendiese, no que lo juzgase. Además estaba seguro, aun sin conocerla, de que ella también hacía cosas similares. Porque todo el mundo las hace, conscientemente o sin darse cuenta, pero las hace. Hay quien prefiere los bocadillos con el pan abierto solo por un borde, y quien tiene que partirlo totalmente a la mitad; hay quien se fija en qué cara de las galletas tiene a la vista cuando las mete en la boca, y a quien le saben mejor cuando moja varias a la vez, e incluso hay quien las golpetea contra la mesa para que no dejen migas luego en la leche, mientras otros suspiran porque hagan papilla; y sobre las distintas formas de comer la carne ya ni hablamos, se podría escribir un libro. Y luego está el tema de la cubertería y la vajilla: eso sí que es una fuente de excentricidades.

–Lo mío es una cuestión de estrategia culinaria –argumentó en una especie de disculpa que nadie le había pedido–, una decisión personal para disfrutar de la comida. ¿Por qué tendría que dejar en el plato los fusilli que adoro, los de espinacas, habiendome llenado en parte de los que menos me gustan? ¿O por qué tomarlos ya fríos por darle prioridad a otros menos sabrosos? No tendría sentido.

Observó durante unos segundos el rostro perplejo de su acompañante. Bajó la mirada hacia el plato y, como quien desinteresadamente juguetea con el tenedor, siguió haciendo montoncitos con la pasta: verde, rojo, amarillo.


Redactado para la convocatoria de enero (rarezas), de Divagacionistas.

Vejez

Aquella fotografía se lo reveló con toda su crudeza. “¿Quién me mandaría a mí haber ido a la cena de empresa?”, se preguntó. Era solo un mecanismo de defensa para desviar el foco de lo que allí se evidenciaba.

Lo cierto es que, ya desde antes de sus recién cumplidos cuarenta, había indicios de lo que estaba pasando: elegía el ascensor más que las escaleras; era incapaz de ver el telediario sin refunfuñar ante cada noticia; las digestiones se habían vuelto más pesadas, y las visitas médicas más frecuentes; e incluso a la hora del sexo, pese a que le encantaba, le costaba ponerse en situación. Pero él no lo veía, o no lo quería ver. Hasta que su índice pulsó dos veces en el teléfono, y la imagen que le había llegado al grupo de WhatsApp se amplió en la pantalla.

Apartando la vista, en un burdo intento de culpar al mensajero, insultó mentalmente a la persona que había tomado la instantánea con ese plano, especialmente por haber usado un ángulo picado (totalmente normal cuando alguien que está en pie encuadra a los comensales que están en los postres).

Y volvió a fijarse en la imagen. Ahí estaban, varios compañeros y compañeras, jóvenes y bien parecidos, o eso creía en ese momento, y en el medio él. Su rostro sonriente estaba coronado por una frente más amplia de lo que recordaba, en la que dos grandes entradas, perfectamente simétricas y surcadas horizontalmente por las primeras arrugas, casi contactaban con la zona del cogote en la que el blanquecino cuero cabelludo se dejaba entrever a través de la capa de pelo cada día más rala.

Lo que tenía ante sus ojos no era distinto de lo que aparecía en el espejo cada mañana cuando se preparaba para salir de casa, pero el hecho de verlo así, estático, inmortalizado, intensificaba la percepción de una realidad: había llegado, y para quedarse.

Resignado, salió de la aplicación y guardó el aparato en el bolsillo delantero de sus vaqueros. Al menos, no tenía canas.


Redactado para la convocatoria de diciembre (entrada), de Divagacionistas.

Curling

Solo un par de minutos. Por apoyar un poco la espalda y descansar las cervicales antes de volver a la faena, que urge.

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¿A ver qué echan? ¡Puaj!, los del corazón están a todas horas, da igual cuando la enciendas. Y además tienen un guirigay ahí montado… Vade retro.

(Clic)

¿Y aquí qué? Otros a los que también les llega: los todólogos. Y además está el impresentable ese. Sabrá de muchos rollos políticos y económicos, pero desde luego de comportarse, poco. Aunque creo que esos malos modos en parte son fingidos, y que esas posturas radicales son mera provocación. Todo espectáculo: irritante, pero simplemente show. En fin, que les den.

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La verdad es que si me inclino y pongo los pies en el reposabrazos, estaré algo más cómodo mientras zapeo este ratito.

(Clic, clic)

En la autonómica ya ni paro. Total estarán poniendo un reportaje sobre la belleza de nuestros pueblos y paisajes, o algún programa especial desde una fiesta gastronómica. ¡Qué cansinos!

(Clic, clic)

¡Ostrás, qué mítica! Aunque deben tener ya la cinta gastada, porque ésta la han puesto, solo en este canal, veinte veces como mínimo. Y aún está empezando. Me quedo a verla: total, creo que entera no llega a la hora y media. Eso sí, voy a echarle la mano a la mantita, que así me va a prestar más.

(…)

¡Joder, qué pronto dan descanso aquí! Paso de los anuncios, que no tengo yo tiempo de estar viendo publicidad.

(Clic, clic)

Siempre nos quedará Teletenis, digo, Teledeporte. Salvo las noches de los domingos y lunes, que se ponen en el plan chiringuito futbolero ese, y hacen resúmenes de los partidos que duran más que los encuentros reales en sí.

(Clic)

¡Toma, qué suerte: curling! Como mola, es super original y entretenido: parece que solo están fregando el hielo, y fijo que es la leche de complicado. Pues paso de Stallone, que además esto no hay muchas ocasiones para verlo.

Aunque ya que estoy tumbado, si me da el sueño, me dejo ir. Que total a mí este deporte ni me va ni me viene.


Redactado para la convocatoria de septiembre (pereza), de Divagacionistas.