La elegida

El pasillo estaba oscuro y, pese a las muchas siluetas que, absortas en sus rituales, se entrelazaban en los costados, transmitía una gran sensación de soledad. Con la mirada fija en su destino —aquella puerta del fondo a la derecha a la que tanto ansiaba llegar en aquel momento—, avanzó despacio, intentando ignorar a aquellos seres de la madrugada.

Cuando sólo quedaban un par de metros, levantó el brazo para disponerse a abrir la puerta, pero justo antes de que su palma se apoyase en la madera (pues no había picaporte), surgió una mano de la nada oscura, y la asió fuertemente por la muñeca.

Dio un salto hacia atrás, más por lo inesperado del contacto que por sentir temor, pero incluso así no consiguió zafarse.

—¡Suelta! ¡Déjame en paz! —le espetó decidida al rostro de facciones duras que asomaba por la penumbra.

—Pero mujer, tranquila… llevo esperando por alguien como tú toda una eternidad —respondió él con voz profunda y tono irónico—. ¿Acaso no te alegras de haber sido la elegida? Otras querrían… y no pueden —continuó mientras se adelantaba hacia la luz para mostrar toda su corporeidad y su sonrisa fingida.

—¡Pues yo no! —con un decidido movimiento se liberó de aquel rudo agarre—. Yo no creo en los fantasmas: ni en los de sábana blanca, ni en los de ouija, ni en los de gimnasio y gomina. Así que ya puedes abandonar mi mundo, o el que va a sufrir problemas eres tú.

Pálido y con rictus serio, se esfumó al instante: tuvo claro que se había topado con un ser superior a él. Ella entró en el baño, agobiada, pero contenta de saber que había ganado otra batalla al Mal. Pero el Mal seguía ahí fuera, acechando a víctimas más crédulas.


Redactado para la convocatoria de mayo (fantasmas), de Divagacionistas.

Penitencia o sentencia

Ese día estaba a rebosar: seguramente se debía más al morbo que había despertado el hecho de saltar el caso a los periódicos, que a un deseo real de estar allí y participar en el evento, pero el caso es que no cabía, literalmente, ni un alma.

Por eso estaba poniendo especial esmero en sus actos y en su discurso: tranquilizarse, vocalizar, gesticular con convicción… Nadie le quitaba el ojo de encima, incluso en los momentos en que no era el protagonista, pero cuando le tocó entonar la oración —no sabemos si de forma premeditada o no—, fue como si la luz que entraba por el rosetón se proyectase sólo en él:

—Yo confieso ante Dios todopoderoso, y ante vosotros, hermanos…

Un murmullo se extendió por la nave principal. Hizo como que no escuchaba, como si esa fuese la respuesta habitual de la gente al llegar ese momento.

—Que he pecado mucho, de pensamiento, palabra, obra y omisión.

El murmullo se convirtió en bullicio. ¿Era eso un reconocimiento público, o simplemente palabras desgastadas por la repetición ritual? Sólo el lo sabía.

—Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa —continuó intentando sobreponer su voz, mientras llevaba sonoramente el puño al corazón, tres veces, e intentaba poner rictus de contrición, si tal cosa es posible.

—Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,…— dijo marcando especialmente la última palabra, al tiempo que dirigía una mirada acusadora al Obispo que, sentado a sólo unos metros de él, intentaba aparentar desconocimiento y dignidad, en un vano esfuerzo  de que el escándalo no le salpicase, ni se sospechase de comportamientos similares en su gabinete.

—… a los ángeles, a los santos, y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

Al finalizar, permaneció con los ojos cerrados y la cabeza agachada durante unos segundos. El público, expectante, esperaba un gesto revelador, un giro dramático en la escena. Pero sólo encontró silencio, vuelta a la rutina, ahora ya vacía de significado.

Sin embargo, meses más tarde sí repitió el ademán, pero sin la parroquia delante, a puerta cerrada: cuando el juez, el auténtico y verdadero, le impuso una pena de 20 años y 1 día, amén de una cuantiosa indemnización económica a las familias de aquellos niños. Pero entoces no se golpeó el pecho.


Redactado para la convocatoria de abril (culpa), de Divagacionistas.

Lejos

Todo el rato lo mismo al fondo: una puta línea que separa dos azules. Aunque mejor pensado, déjala estar así tranquila: prefiero un horizonte recto y aburrido, a que se ponga bravo, nos haga cabecear, y…

─¡Ya vaaaa! ¡Qué no vagueo! Sólo estaba respirando un momento.

Cabronazo. Que bien se vive en la cabina, ¿no? Quisiera verte yo en cubierta, bregando con las redes, las gavetas y el hielo, currando con las manos y el alma. Ni una campaña aguantabas: ni una. Pero bueno, ¿cómo estarán en casiña? El cativo empezaba estos días el curso, y ya en “el cole de los mayores”. Como me jode no poder estar allí para verlo, seguro que va todo nervioso. Con lo que saque de esta faena le voy a comprar el estuche con más rotuladores que se fabrique, para que todos sus amiguetes…

─¡Hostia tío! ¡Fíjate donde atas los cabos que vamos a tener un accidente, carallo!

Este novato no vale un duro: todo el día mareado, no le gusta el rancho, no sabe el oficio. Marinero de agua dulce: eso es lo que es.

─¡Trinca ahí, hombre! Que no voy a ser yo el único que doble el espinazo aquí atrás.

En fin… allá se va otra vez la línea, pero sin perderla de vista. Los redeiros nunca vemos futuro en nada, porque estamos acostumbrados a que desde la popa siempre se vea todo más lejos: no hay nada que llegue, todo se va.

¡Qué triste! ¡Estoy ya harto de viento en la cara y salitre en los huesos, de estar sin los míos, de la dureza del salario! Tenía que haber estudiado, como decía mi santa nai. Cuando vuelva, lo prometo por la Virgen del Carmen, iré a visitarla con mi María y con el niño. O tal vez las llame a las dos, cuando me toque, desde la sala de camarotes, porque seguro que están sufriendo y rezando. Como siempre han hecho las esposas y madres del mar. Pero se lo compensaré, pienso…

─¡Qué sí, pesado! ¡Qué ya voy! Ya sé lo que toca.

Tendré que bajar a la bodega. Donde hay patrón…


Redactado para la convocatoria de marzo (horizonte), de Divagacionistas.

Dos pulsaciones

Era tan beneficioso para él, y tan fácil: ¡sólo con dos pulsaciones bastaba! Y sin embargo nunca se lo había planteado en serio.

Hasta que llegaron los días en que sus hombros se tensaron permanentemente. En que su sueño, ya incómodo de por sí, se fragmentó en pequeños duermevelas. En que su eficacia de antaño lo abandonó, convirtiéndolo en una suerte de funambulista laboral. Aunque continuaran llegando estímulos, obligaciones y curiosidades, tenía que desconectar.

Así, por la mañana, justo después de que sonasen las notificaciones que su aplicación de calendario le envíaba puntualmente con los recordatorios de la agenda, cogió su smartphone y, sin siquiera desbloquarlo para ver lo que le esperaba ese día, apretó la parte inferior de la tecla del volumen. Observó como, en la parte superior de la pantalla, el icono de la campana mutaba en otro que imitaba un teléfono moviéndose, y suspiró. Ya estaba: ahora viviría más tranquilo.

Pero no fue así. Cambiar una configuración mental no es tan fácil como hacer lo propio en un dispositivo. Y aunque ya no tenía esas melodías y sonidos reclamándole atención constantemente, miraba el móvil incluso más que antes, ya que además de cogerlo cada vez que vibraba, se apoderó de él el síndrome de la llamada imaginaria. Con frecuencia se sorprendía a sí mismo sacando el teléfono del bolsillo por haber notado un cosquilleo en el muslo, para comprobar después que no había ninguna llamada perdida ni mensajes pendientes; eran sensaciones fantasma.

Una noche, posó el teléfono en la mesa de cristal del salón y se reclinó en el sofá para descansar algo antes de cenar. Al rato, entró una llamada que dejó al aparato correteando un tiempo sobre la superficie transparente, y produciendo un molesto e inquietante castañeteo.

Su salud mental no aguantaba más. Se incorporó con rapidez, tomó el móvil en la mano, y repitió con valentía el gesto de unos días antes. Volvió a tumbarse, con los pies sobre el reposabrazos y la mirada perdida en la habitación, y supo que volvían a llamar porque la iluminación de la pantalla se reflejaba en las paredes y el techo. Pero ni se inmutó: había llegado el momento del silencio, del silencio total.

Sólo faltaba que algún día llegase también el de la oscuridad.


Redactado para la convocatoria de febrero (silencio), de Divagacionistas.

Valor añadido

Intentando demorar, inconscientemente, el momento de pulsar en “añadir”, deslizaba la pantalla arriba y abajo sin prestar atención a lo que tenía ante los ojos. Lo que hacía era algo normal, no tenía nada de reprochable, y además no era su primera vez. Pero sentía cierta desazón.

La vía tradicional no le aportaba ningún valor añadido en el caso que le creaba ahora tantas dudas. Sin embargo, era innegable que allí en general lo trataban bien, lo asesoraban, le hacían “algún detalle”… Y también que, con las sucesivas visitas a lo largo de tantos años, se había ido creando, si bien no una amistad, sí una cierta confianza. ¿Valía la pena arriesgarse a deteriorarla por unos euros? Porque se quiera o no, a la larga, seguramente acabaría afectando al trato personal.

En ese momento pensó que esa vinculación implícita tenía sus ventajas, pues al conocerle ya sabían de sus preferencias (en ocasiones no tenía que explicar ni qué quería ni cómo), e incluso se beneficiaba de un pequeño trato de favor; pero también sus inconvenientes, como que costase más protestar o reclamar cuando algo no salía como debiera, o como la propia disyuntiva que le inquietaba.

Pero bueno, no había que darle más vueltas. Los comerciantes tenían que asumir la competencia del comercio electrónico (cuya frontera era cada vez más difusa), adaptarse para motivar a los clientes, y respetar sus decisiones. Así que, completamente decidido, seleccionó el modelo, la talla, el color, y fue a la pantalla donde se finaliza el pedido eligiendo la forma de envío, la dirección, y el método de pago. Y entonces saltó el avisó de que ese artículo se acababa de agotar, ¡y eso que quedaban 13 unidades en stock cuando se conectó a la aplicación sólo un rato antes!

La desilusión le duró sólo unos segundos, porque rápidamente cayó en la cuenta de que podría ir a comprarlo a su tienda de toda la vida. ¿O valdría la pena mirar en otra web? No lo tenía claro.


Redactado para la convocatoria de enero (infidelidad), de Divagacionistas.